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Full text of "La democracia y la escuela"

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LA DEMOCRACIA Y LA ESCUELA 




















LA DEMOCRACIA Y LA ESCUELA* 

JOSE PEDRO VARELA 


CAPITULO I 

FINES DE LA EDUCACION 

El saber humano, a pesar de sus constantes e infatigables esfuerzos, 
no ha podido descubrir aún el misterio que nos oculta el origen de 
la naturaleza moral del ser humano: en la escala descendente, la cien¬ 
cia ha investigado hasta los más recónditos senos de la Naturaleza, y, 
en sentido contrario, el hombre ha llegado a conocerse a sí mismo, como 
ser moral; queda, sin embargo, en el misterio el modo cómo se opera 
en el ser racional la conjunción de la materia y del espíritu. No entra 
en nuestros propósitos el investigarlo: bástanos recordar que el estudio 
constante del mundo que habitamos, y de los seres que lo pueblan, 
ha constatado, de una manera evidente, la diferencia radical que existe 
entre el hombre y los seres inferiores de la creación. Desde los más 
remotos tiempos los animales inferiores han cambiado casi tan poco, 
como la yerba que crece a sus plantas, o los árboles a cuya sombra se 
cobijan. Una generación les basta para realizar todos los progresos de 
que son susceptibles. La naturaleza los ha provisto con lo necesario 
para llenar sus necesidades, y al dotarlos del instinto, hales prestado una 
fuerza que no parece determinar ningún esfuerzo propio. Admiramos 
la habilidad de la abeja al construir su panal; pero no podemos olvidar 
que, en todos los tiempos y los países, todas las abejas construyen un 
panal, que es siempre idéntico: ni progreso, ni decadencia en el trabajo 
que se realiza. Así se explica que haya podido decirse con razón, que 
"el cocodrilo, nacido de un huevo, incubado en arena caliente, y que 
no ve jamás a sus padres, se convierte, sin embargo, en un cocodrilo 
tan perfecto y con tantos conocimientos como cualquier otro”. Las evo¬ 
luciones externas de los seres inferiores, como su desarrollo físico, como 
el crecimiento de los árboles y las plantas, son, pues, resultado de una 
ley superior, que se cumple, sin que el ser regido por ella tenga ni la 
voluntad ni los medios de alterarla. 

No es lo mismo el hombre. Ningún ser en la creación nace más 
débil, más impotente para auxiliarse a sí mismo, más obligado a recibir, 
constantemente y durante largo tiempo, los cuidados de la madre: nin¬ 
guno, tampoco, sufre más grandes transformaciones según las influencias 
externas que presiden a su desarrollo, ¡cuán grandes, cuán infinitas son 
las diferencias del ser moral! ¡Cómo se conserva aquí a poco más altura 
que los seres inferiores de la creación, acosado por el hambre, batido 
por las tempestades, perseguido por las fieras, presa del grosero pavor! 
¡Cómo se levanta allí a inconmensurable altura, señor de la creación, 
domeñando la furia de los mares, haciendo servir la tierra y sus infi¬ 
nitos dones a la satisfacción de sus deseos, sondeando las profundidades 
de los cielos, aprisionando en el espíritu ilustrado, todas las grandezas 
y todas las maravillas de la creación! 

Así el hombre es hijo de la educación: débil y desgraciado, cuando 
ésta, transmitiéndole sólo por el ejemplo, como entre los salvajes, se 
contenta con enseñarle a satisfacer los apetitos sensuales de la natu¬ 
raleza física; fuerte y feliz, cuando aprovechando las riquezas atesoradas 
del saber humano, la educación desarrolla en él las fuerzas físicas, mo¬ 
rales e intelectuales, en el sentido de la mayor utilidad y del mayor 
bien posibles. 

£1 hombre es la única criatura que necesita ser educada: una ge¬ 
neración educa a la otra, sin que escapen a esa ley de educación uni- 


Selección de "La educación del pueblo”, Montevideo, 1874. 



versal, ni aun los pueblos y los individuos que se conservan en estado 
de la mayor ignorancia. El indio salvaje, que se alimenta de caza o de 
pesca, que tiene por único techo la copa de los árboles del bosque 
virgen, y que vegeta sin dar satisfacción más que a sus mezquinas y 
reducidas necesidades físicas, ¿no recibe, acaso, de sus padres o de 
sus mayores la educación necesaria para obtener la caza o la pesca de 
que vive? ¿Puede concebirse, acaso, al hombre, absolutamente aislado 
de los otros hombres sin haber recibido de ellos la vida, los conoci¬ 
mientos necesarios, por rudimentales que sean, para llenar sus más apre¬ 
miantes necesidades? La fábula de Robinson Crusoe sólo se explica, 
porque Robinson, antes de hallarse solo, ha vivido en la sociedad de 
otros hombres y adquirido con ellos los conocimientos que lo habilitan 
para luchar después con la soledad. En el aislamiento absoluto la vida 
del ser humano es imposible. Desde que junta sus labios al seno de la 
madre para recibir en ellos su alimento, hasta que baja a la tumba, el 
auxilio de los otros hombres, para conservarse en la vida, le es impres¬ 
cindiblemente necesario. 

Si esto es exacto, —y verdad tan palmaria no necesita demos¬ 
trarse con mayor acopio de razones—, r la cuestión de la educación es 
la más importante de todas aquellas que pueden preocupar el espíritu, 
ya que de ella depende el presente y el porvenir de la humanidad, que 
se agitará en esta o en aquella esfera, se lanzará en esta o en aquella 
vía, según cuales sean los fines que se proponga la educación que ha 
de formar las nuevas generaciones. 

i 'Xa educación no significa sólo el saber leer y escribir, ni aún 

I. la adquisición de un grado, por considerable que sea, de mera cultura*, 
intelectual. Es, en su más lato sentido, un procedimiento que se ex¬ 
tiende desde el principio hasta el fin de la existencia. Un niño viene 

i al mundo, y, desde entonces, empieza su educación. A menudo en la 
cuna, se ven en su constitución los gérmenes de enfermedades o de 
deformidad, y mientras cuelga al pecho de la madre, se empapa en 
impresiones que conservará durante toda su vida. En el primer período 
de la infancia, la trama física se extiende y se robustece: pero su deli¬ 
cada estructura es influenciada, eh bien o en mal, por todas las circuns¬ 
tancias que lo rodean — limpieza, luz, aire, alimento, calor. Poco a poco 
el joven ser interno se deja ver. Los sentidos se despiertan. Los deseos 
y las afecciones asumen una forma más definitiva v Cada objeto que pro¬ 
duce una sensación; cada deseo satisfecho o contrariado: cada acto, pa¬ 
labra, o mirada de afección o de disgusto, produce su efecto, una veces 
ligero e imperceptible, otras obvio y permanente, en la construcción, 
en la gestación del ser humano; o más bien en determinar la dirección 
en que crecerá y se formará, ^'través de los diferentes estados de la 
infancia, de la niñez, de la juventud, de la virilidad^Sigue el desarrollo 
de su naturaleza física, intelectual y moral, ejerciendo sobre él influen¬ 
cia incesante las varias circunstancias de su condición: la salubridad o 
insalubridad del aire que respira; la clase y suficiencia de su alimento 
y vestidos; el grado en que ejercita sus poderes físicos; la libertad 
de que gozan sus sentidos, o el cómo se les alienta a ejercitarse sobre 
los objetos externos; la extensión con que hace trabajar sus facultades 
de recordar, de comparar, de razonar; lo que oye y lo que ve en el 
hogar; los ejemplos morales de los padres; la disciplina de la escuela; 
la naturaleza y el grado de sus estudios, recompensas y castigos; las 
cualidades personales de sus compañeros, las opiniones y prácticas de la 
sociedad, juvenil y mayor, en la que se agita y el carácter de las insti¬ 
tuciones públicas bajo cuyo imperio vive. La acción sucesiva de todas 
esas circunstancias sobre el ser humano, desde su primitiva infancia, 
constituye su educación: una educación que no termina con la llegada 
a la virilidad, sino que continúa toda la vida’*. 1 

Cuando tan variadas circunstancias y tan múltiples impresiones 
ejercen influencia en la educación general del hombre, no es posible 
abrazarla, en su conjunto, al ocuparse de los conocimientos que una 
generación debe transmitir a la inmediata que le sucede. En sentido 
menos vasto es forzoso considerar la educación, cuando se observa en 
sus relaciones con la escuela, y ésta dejará siempre un vacío en la 


1 John Lalor — Prize Essay. 


302 





educación general del hombre, por mucho que se perfeccionen sus pro¬ 
cederes y por muy grandes que sean los beneficios que de ella se repor¬ 
ten. La familia, primero, debe preparar y vigorizar la enseñanza de la 
escuela: la sociedad, después, debe desarrollarla y completarla. 

"Asimismo, encarada en sus relaciones con la escuela, en el sen¬ 
tido concreto de la palabra educación , todos los pensadores inteligentes 
rechazan la idea de que la lectura y la escritura, con algún conoci¬ 
miento de las cuentas, constituya la educación. La menor exigencia que 
cualquier hombre inteligente tiene hoy en su favor, es que su dominio 
alcance a la triple naturaleza del hombre: sobre su cuerpo, desarrollán¬ 
dolo, con la observación inteligente y sistemada de aquellas benignas 
leyes que conservan la salud, dan vigor y prolongan la vida; sobre su 
inteligencia, vigorizando la mente, enriqueciéndola con conocimiento* 
y cultivando los gustos, que se alian con la virtud, y también sobre 
sus facultades morales y religiosas, robusteciendo la conciencia del bien 
y del deber. 

"Mucho más arriba que todas las calificaciones especiales para 
objetos determinados, está la importancia de formar para el bien, para 
el deber y para el honor la capacidad que es común a toda la huma¬ 
nidad. Las ventajas que pertenecen a todos, tienen mucha más impor¬ 
tancia que las peculiaridades de cualquiera que sea. El agricultor hábil* 
el mecánico ingenioso, el artista de talento, el legislador o el juez 
sabio, el maestro perfecto, son sólo modificaciones o variedades del ori¬ 
ginal hombre. El hombre es el tronco: las ocupaciones y profesiones 
son sólo diferentes cualidades del fruto que produce. El desarrollo de 
la naturaleza común: el cultivo de los gérmenes de inteligencia, recti¬ 
tud, benevolencia, verdad, que en todos se encuentran, eso es lo prin¬ 
cipal, la aspiración, el fin, el ideal — mientras que la preparación 
especial para el campo o para la tienda, para el foro o para el bufete, 
para la tierra o para el mar, no son más que incidentes. 

"Las grandes necesidades de una raza como la nuestra, en un mun¬ 
do como el nuestro, son: Un cuerpo crecido en salud desde sus prin¬ 
cipios elementales: con fuerza y vida activa en todas partes: impasible 
al calor y al frío y victorioso contra todas las vicisitudes de las esta¬ 
ciones y las zonas; no agobiado por enfermedades, ni deshecho por 
temprana muerte, y rejuveneciendo en medio a las fatigas de la edad. 
Una mente tan fuerte para la vida inmortal, como el cuerpo para la 
mortal; igualmente iluminada por la sabiduría y aleccionada por los 
errores del pasado; con conocimiento de las leyes de la naturaleza, 
guiando sus fuerzas elementales, como dirige los miembros de su pro¬ 
pio cuerpo con los nervios de moción, aliándose así para su vigor, con 
las fuerzas inextinguibles de la Natura, vistiéndose, para su belleza, 
con sus encantos sin fin, y donde quiera que vaya, llevando consigo 
un sol en su mano, con el que explore los reinos de la Naturaleza y 
revele las verdades aún ignoradas. Y, en fin, una naturaleza moral, 
presidiendo el todo, como una divinidad, alejando la tristeza y el pesar, 
brillante en terrestres alegrías e inmortales esperanzas, y transfigurada 
y elevada por la soberana y sublime aspiración de conocer y reali¬ 
zar el bien”. 1 

Si esos son los fines de la educación, si ella se propone desarrollar 
y dirigir bien nuestra entera naturaleza; si su oficio es darnos mayor 
poder en todo sentido: poder de pensar, de sentir, de querer, de prac¬ 
ticar acciones externas; poder de observar, de razonar, de juzgar; poder 
de adoptar firmemente buenos fines, y de perseguir eficazmente su 
realización; poder de gobernarnos a nosotros mismos y de influenciar 
a los demás: poder de adquirir y de conservar la felicidad; —si la 
inteligencia ha sido creada, no para recibir pasivamente algunas pala¬ 
bras, fechas, hechos, sino para ser activa en la adquisición de la verdad, 
la educación debe inspirarse en un profundo amor de lo verdadero y 
observar los procederes para investigarlo; pero, el hombre, así como 
en todas las circunstancias es el artífice de su fortuna, lo es también 
de su propia mente. La inteligencia humana está constituida de tal 
modo, que sólo puede desarrollarse por su propia acción, y que en 
realidad cada hombre debe educarse a sí mismo. Sus libros y sus maes- 


303 


* Daniel Webster. 











^ mmmi Tirm 




tros no son sino sus ayudantes; el trabajo es suyo. Un hombre no 
está educado hasta que no posee la habilidad de poner, en cual¬ 
quier emergencia, sus poderes mentales en vigoroso ejercicio, para rea¬ 
lizar el objeto que se propone: 1 o, en otras palabras, mientras que 
no se halla en aptitud de obrar conscientemente en todas las emergen¬ 
cias de su vida. Como regla general, y en cuanto sea posible, debe 
hacerse que los niños sean sus propios maestros —los descubridores 
de la verdad— los intérpretes de la Naturaleza— los obreros de la 
ciencia: ayudarlos, para que se ayuden a sí mismos. 2 

Nada es más absurdo que la noción general de instrucción: como 
si la ciencia debiera ser derramada en la mente, como el agua en un 
pozo, que espera a recibir pasivamente todo cuando llega. El creci¬ 
miento del saber se asemeja al crecimiento del fruto: aunque causas 
externas puedan cooperar en cualquier grado, es el vigor y la virtud 
interna del árbol el que puede conducir los jugos hasta su completa 
madurez. 3 Pero respetando esa ley ineludible del desarrollo por el es¬ 
fuerzo propio, la educación debe proponerse difundir los tesoros del 
saber humano, cuya posesión es acaso la única que puede tenerse por 
todos a la vez. La misma verdad puede enriquecer y ennoblecer todas 
las inteligencias al mismo tiempo. La difusión al infinito no quita 
nada a su profundidad ni a su valor. Nadie se empobrece porque otros 
se enriquezcan con ella. En esa parte de la economía divina, el privi¬ 
legio de primogenitura alcanza a todos: y cada hijo e hija de Adán 
es heredero de su infinito patrimonio. 4 La educación, el saber como 
la luz del Sol, puede y debe alcanzar a todos sin que se empañe su 
fulgor, ni se aminore su intensidad. 

De esa difusión del saber, de esa labor fecunda de la educación, 
resultan ventajas y beneficios para el individuo y para la sociedad, que 
se desconocen a menudo, siendo esa la única causa que puede explicar 
el abandono en que, aún hoy, se tiene la educación en muchos pue¬ 
blos de la Tierra. 


CAPITULO II 

LA EDUCACION DESTRUYE LOS MALES 
DE LA IGNORANCIA 

En todas las naciones, y en todas las edades del mundo, la igno¬ 
rancia, no sólo ha privado a la humanidad de infinitas alegrías, sino 
que, creándole innumerables infundadas alarmas, ha aumentado, con 
ellas, la suma de la miseria humana. En las edades primitivas del 
mundo, un eclipse total de Sol o de Luna era considerado como signo 
de temibles calamidades, como si anunciara imprevistas catástrofes, que 
debieran venir a pesar sobre el universo. Aún hoy tan absurdas opi¬ 
niones no han desaparecido por completo del espíritu de los hombres 
ignorantes. 

Los cometas, también, con sus flamígeras colas, han sido consi¬ 
derados, y lo son aún por muchos, como mensajeros de la venganza 
divina, que presagian hambre, pestes o inundaciones, la caída de los 
príncipes o la destrucción de los imperios. Las luces del Norte (auro¬ 
ras boreales), han sido miradas a menudo con aprensiones semejantes, 
habiéndose sepultado en consternación provincias enteras, por las fan¬ 
tásticas coruscaciones de esos meteoros. Algunos pretenden ver en esas 
inofensivas luces, ejércitos que se mezclan en fiera lucha, y campos 
empapados en sangre, mientras otros presienten naciones destruidas, 
terremotos, inundaciones, pestes y las más espantosas calamidades. 

La ignorancia popular dio origen a la astrología, un arte que, 
con todas sus absurdas nociones, tan fatales a la tranquilidad de los 
hombres, ha sido practicado en todas las épocas. En la creencia de que 

1 Horace Mann. 

* W. E. Canning — Christian Examine?. 

* James Harris — Hermes. 

4 Horace Mana — Lectures. 









el carácter y el destino de los hombres depende de los varios aspectos 
de las estrellas, de la composición de los planetas, o de las líneas tra¬ 
zadas en la palma de la mano, los más infundados temores, y las más 
pueriles esperanzas, han sido excitadas por los profesores de ciencia 
tan falaz. Esas contribuciones impuestas a la credulidad de los hombres 
se fundan en los más torpes absurdos y en la más grosera ignorancia 
de la naturaleza de las cosas: y, sin embargo, aun en medio a la luz 
que la ciencia de este siglo ha derramado en el mundo, los astrólogos 
encuentran quienes crean en ellos, en los principales centros de pobla¬ 
ción europeos, y entre nosotros, si no los astrólogos, los adivinos, que 
por decenas practican su engañosa ciencia, están probando, de la ma¬ 
nera más evidente, que también en Montevideo, y mucho más en el 
resto de la República, se conservan vivas las preocupaciones que han 
martirizado la existencia de los pueblos primitivos. 

Casi todos los fenómenos atmosféricos que no se producen constante 
y regularmente, han sido considerados como signos nefastos, por más 
que bajo muy distinto aspecto los observe la ciencia. El más sublime 
fenómeno de exhalaciones, que se recuerda en el mundo, fue presen¬ 
ciado en los Estados Unidos en la mañana del 13 de noviembre de 
1833, dice el distinguido escritor a quien seguimos al formular estas 
consideraciones con respecto a los males que engendra la ignorancia. 1 
Esa asombrosa exhibición cubrió una parte considerable de la superfi¬ 
cie de la Tierra. Su primera apariencia, en todas partes, era como la 
de fuegos artificiales de imponente grandeza, cubriendo la entera bó¬ 
veda del cielo con miríadas de bolas de fuego, que parecían cohetes 
voladores; pero los más brillantes cohetes voladores y fuegos artifi¬ 
ciales estaban tan lejos de aquella exhibición celeste, como el titilar 
de la más pequeña estrella de la gaya luz del Sol de mediodía. Sus 
líneas coruscantes, eran vividas, brillantes e incesantes, y caían infi¬ 
nitas como los copos en las primeras nieves de diciembre. Los cielos 
todos parecían en movimiento y traían a la mente de muchos la sa¬ 
grada grandeza de la imagen empleada en el Apocalipsis, en la apertura 
del sexto cielo, cuando "las estrellas del Cielo caían sobre la Tierra, 
como una higuera desprende sus últimos higos si es sacudida por un 
fuerte viento". 

Mientras que esas grandiosas escenas eran miradas con inexplica¬ 
ble placer por los observadores ilustrados y científicos, los ignorantes 
y supersticiosos se sintieron agobiados por el desaliento y el horror. La 
descripción dada por un caballero de la Carolina del Sur, del efecto 
producido por este fenómeno en sus ignorantes negros, puede aplicarse 
a muchas personas blancas poco mejor' informadas. "Fui súbitamente 
despertado, dice, por los gritos más afligentes que he oído en mi vida. 
Llegué a escuchar exclamaciones de horror y gritos de piedad de la 
mayor parte de los negros, pertenecientes a tres plantaciones, que se 
elevaban en todo a seis u ochocientos. Mientras que escuchaba atenta¬ 
mente para averiguar la causa, oí una voz sentida, cerca de la puerta, 
llamándome por mi nombre: me levanté, y, tomando mi espada, salí 
a la puerta. En el mismo momento oí la misma voz pidiéndome que 
me levantase y exclamando: "¡Dios mío! el mundo se quema". Abrí 
entonces la puerta, y es difícil decir lo que me asombró más, si la 
grandeza de la escena o los desesperantes gritos de los negros. Más de 
cien estaban postrados sobre la hierba, algunos sin voz, otros dando 
los gritos más desaforados, pero la mayor parte con las manos levan¬ 
tadas, rogando a Dios que salvase al mundo y a ellos. La escena era 
en verdad grandiosa, porque nunca la lluvia ha caído con más intensi¬ 
dad que lo que los meteoros caían hacia la Tierra: al este, al oeste, 
al norte, al sur, todo era igual”. ♦ 

¿Hoy mismo, en igualdad de circunstancias, no presenciaríamos 
entre nosotros una escena semejante? En Montevideo en las capas infe¬ 
riores de la sociedad, y fuera de él, en la gran mayoría de los habi¬ 
tantes de nuestra campaña, ¿no viven aún robustas las preocupaciones 
y los pueriles temores que torturan la vida de los ignorantes? 

Todavía hoy, los aparecidos aterrorizan a cada paso a los igno¬ 
rantes pobladores de nuestra campaña: los más decididos y los más 


1 Yra Mayhew — The means and ends of Universal Educauon. 











valientes no se animan a atravesar, de noche, los lugares donde se 
hallan los restos de algún ser humano, viendo en las fosforescencias 
producida por los gases, que se escapan del cuerpo en descomposición, 
las ánimas, las viudas, que persiguen al audaz que se atreve a turbar 
con su pasada el tranquilo reposo de los muertos. A menudo las enfer¬ 
medades físicas de los seres humanos o de los animales, la pérdida de 
la cosecha, la destrucción de los árboles, y todas las desgracias que 
afligen a una familia, se atribuyen a la malevolencia de alguno de 
esos seres que, estando en relación con el espíritu maligno, tienen la 
facultad de causar el mal de ojo. El grito de la lechuza hace temblar 
a los más fuertes y oprime el corazón de las madres, que ven en él 
el anuncio de la muerte de alguno de los seres queridos que las rodean. 
Y si estos, y otros infinitos, infundados temores, hijos de la preocu¬ 
pación y de la ignorancia, amargan la vida de los pobladores de nuestra 
campaña, otros temores, no menos absurdos, se encuentran en una no 
pequeña parte de los habitantes de nuestros pueblos y ciudades. El 
célebre refrán que dice: “En viernes y martes no te cases ni te embar¬ 
ques" tiene aún muchos que lo respetan, conservando así la vieja 
preocupación de los días nefastos, a que dio tanta celebridad, en remo¬ 
tos tiempos, la ignorancia del pueblo romano. ¡Cuántas personas atri¬ 
buyen sus desgracias, resultado de causas diversas, a la infelicidad de 
haber nacido, haberse cristianado o haberse casado, en viernes o en 
martes! ¡Cuántos días se pierden al año, por no embarcarse, o no dar 
principio a una nueva empresa, o no salir de viaje en esos días nefas¬ 
tos! ¡Cuántas casas se han quemado por haberse empezado en martes! 
¡Cuántos buques han sufrido naufragio, por haber dejado el puerto 
en un día viernes! Y, sin embargo, fue en ese día que Colón se hizo 
a la vela, en un viaje que dio por resultado el descubrimiento del 
Nuevo Mundo. 

Otros, que no atribuyen tal vez ninguna influencia maléfica a los 
viernes o a los martes, temen, sin embargo, sentarse a una mesa en la 
que se encuentran trece personas. Las más puras alegrías, y las más 
sinceras expansiones, se amargan cuando son trece las personas que se 
reúnen en una misma pieza. Aun en las clases más elevadas de la 
sociedad, ¿quién no ha visto alguna vez, cuando se han reunido trece 
personas en una comida, hacer que se retire alguno, o buscar un nuevo 
convidado, para salvarse de las calamidades que resultarían si trece 
personas comiesen juntas, en una misma mesa? Otros ven con horror 
el hecho casual de que el salero se derrame sobre la mesa, creyendo 
descubrir en la sal caída sobre el mantel el anuncio terrible de futu¬ 
ras desgracias. Otros, en fin, encienden velas a santos que conceptúan 
milagrosos, y se sienten dominados por el más grande pavor, cuando 
se oyen los truenos de una tempestad. 

No acabaríamos si fuésemos a mencionar, una por una, todas 
las preocupaciones absurdas y los infundados temores, que llenan el 
espíritu y amargan la vida de los ignorantes, así entre nosotros como 
en todos los pueblos de la Tierra. 

Lejos de ser inocentes e inofensivas esas supersticiones, tienen a 
menudo los más deplorables resultados, y es deber de los padres y 
maestros el tratar de destruirlas. La ignorancia de las leyes y la econo¬ 
mía de la Naturaleza, es la fuente principal de todas esas absurdas 
opiniones. No sólo no encuentran base en la Naturaleza o en la expe¬ 
riencia, sino que se oponen directamente a ambas. Así, en proporción 
que avanzamos en el conocimiento de las leyes y la economía de la 
Naturaleza, percibimos claramente su futilidad y lo absurdas que son. 
Destrúyanse las causas y desaparecerán los efectos. Es la educación la 
que realiza fácilmente ese trabajo. Cierto es que el conocimiento de 
un número dado de lenguas muertas, de las antigüedades griegas y 
romanas, de las sutilezas de la metafísica, de la mitología pagana, de 
la política y de la poesía, pueden coexistir con esas supersticiones, 
como sucedía en el caso del célebre crítico inglés doctor Samuel Johnson, 
que creía en los aparecidos y en la doble vista} Por más importantes 
que en otro sentido sean esos ramos de una extensa y variada educa¬ 
ción, ellos no forman una barrera eficaz contra la admisión de opi- 


1 Y. Mayhew. — Universal Education. 

306 








niones supersticiosas. Para conseguir esto la mente debe dirigirse al 
estudio del universo material, a contemplar las variadas apariencias 
que presenta, y a señalar bien el resultado uniforme de las leyes inva¬ 
riables que lo gobiernan. En particular, la atención debe dirigirse hacia 
los descubrimientos realizados en los ramos de la naturaleza y del arte 
en los dos últimos siglos. Con ese objeto, el estudio de la historia natu¬ 
ral, que observa los varios hechos respecto a la atmósfera, el agua, la 
tierra y los seres animados, combinado con el estudio de la filosofía 
natural y la astronomía, que explican las causas de los fenómenos de 
la Naturaleza, tendrá una juiciosa tendencia para alejar de la mente 
las nociones supersticiosas y falsas, y presentar a la vista, al mismo 
tiempo, objetos de agradable contemplación. Hágase que una persona 
se convenza profundamente, desde el principio, de que la Naturaleza 
es uniforme en sus manifestaciones, y de que es gobernada por leyes 
regulares, y pronto se sentirá llena de confianza, y no se alarmará fᬠ
cilmente con los fenómenos ocasionales que, a primera vista, pueden 
parecer excepciones de la regla general. 

Enséñese, por ejemplo, que los eclipses son ocasionados simple¬ 
mente por la interposición de un cuerpo opaco: que son el resultado 
necesario de la inclinación de la órbita de la Luna hacia la de la 
Tierra: que si esas órbitas estuvieran en el mismo plano habría un 
eclipse de Sol y uno de Luna cada mes, ocurriendo el primero en el 
cambio y el segundo en la plenitud, de la Luna; que los que ahora 
tienen lugar dependen de que la plena o nueva Luna cae en, o cerca 
del punto de intercepción de las órbitas de la Tierra y de la Luna, y 
que otros planetas que tienen Luna experimentan también eclipses de 
una naturaleza semejante. Enséñese que los cometas son cuerpos regu¬ 
lares que pertenecen a nuestros sistemas, que concluyen su evolución 
y aparecen y desaparecen en determinados períodos del tiempo: que 
las auroras boreales, aunque se vean raras veces en los climas del sur, 
son frecuentes en las regiones del norte y dan luz a los habitantes, en 
la ausencia del Sol, relacionándose probablemente con los fluidos mag¬ 
néticos y eléctricos; que los fuegos fatuos, son luces inofensivas, for¬ 
madas por el incendio de cierta especie de gases que se producen en 
los terrenos sobre los cuales aparecen; que los truenos no son más 
que el ruido producido por el choque de electricidades contrarias en 
las nubes, y que son completamente inofensivos, puesto que caminando 
la luz con mucha más rapidez que el sonido, el relámpago nos anuncia 
el choque eléctrico y la partida del rayo, si se ha producido, mucho 
antes de que el trueno llegue a herir nuestros oídos. Difúndanse en 
el pueblo en general, los conocimientos racionales de este orden y 
aprenderá a contemplar la Naturaleza con tranquilidad y confianza, 
produciéndose además el benéfico efecto de que los objetos y los hechos 
que antes eran considerados con temor, y como nuncios de desgracia, 
se convertirán en fuentes de placer y serán observados con emociones 
de contento. 

Para destruir las pavorosas aprensiones que resultan del temor a 
los seres invisibles e incorpóreos, instrúyase al hombre acerca de las 
variadas ilusiones ópticas a que estamos sujetos, que nacen de la inter¬ 
vención de las nieblas y de la vaguedad de la visión en la noche, que 
nos engaña, a menudo, haciéndonos tomar una mata de pasto que esta 
cerca, por un árbol a la distancia, y hágasele saber que, bajo la in¬ 
fluencia de esas ilusiones, una imaginación tímida transforma, fácil¬ 
mente, la imagen vaga de una vaca, o de un caballo, en terrífico 
fantasma de monstruoso tamaño; hágasele saber, apoyándose en hechos 
comprobados y juiciosamente elegidos para servir de ejemplo, la pode¬ 
rosa influencia de la imaginación, para crear formas ideales, especial¬ 
mente cuando se halla dominada por el miedo; los efectos producidos 
por el esfuerzo íntimo de la conciencia, trabajada por la culpa; los 
resultados que producen les sueños quiméricos, el empleo de fuertes 
dosis de opio, la embriaguez, las pasiones histéricas, y otros desórdenes 
que afectan la mente. Preséntense a su vista, experimentos ópticos, y 
los sorprendentes fenómenos producidos por la electricidad, el galva¬ 
nismo, el magnetismo, y los diferentes gases, junto con los resultados 
obtenidos por la aplicación de la mecánica: en fin, hágasele ver la 


307 








locura, el absurdo, la extravagancia de las nociones que se aplican a 
las apariciones. 

No hay cómo abrigar dudas de que, si conocimientos semejantes 
se difundiesen a todos, el efecto sería la desaparición de las supersti¬ 
ciones, puesto que ese efecto se ha producido siempre en los espíritus 
ilustrados. ¿Dónde se encuentra el hombre cuyo espíritu, iluminado 
por las doctrinas y los descubrimientos de la ciencia moderna, perma¬ 
nece aún esclavo de nociones supersticiosas y de vanos temores? ¿Qué 
hombre educado teme un cometa, un eclipse, un fuego fatuo? ¿A cuál 
se le ha aparecido un espectro levantado de su tumba? ¿Cuál ha visto 
en los hechos naturales, como la reunión de trece personas o la caída 
de un salero, anuncios de infelicidad y de sufrimiento? Aquellos seres 
y estos temores sólo visitan a los ignorantes, o cuando menos a los 
que no están familiarizados con las ciencias naturales. La difusión, 
pues, de los conocimientos útiles, destruye los males de la ignorancia, 
males que han causado pesares y desgracias sin cuento a la familia 
humana. 


CAPITULO III 

LA EDUCACION AUMENTA LA FORTUNA 


Los mejor educados son siempre los mejor pagos. Bastaría la cons¬ 
tatación de esta innegable verdad, para dejar demostrado que la edu¬ 
cación aumenta la fortuna del individuo. 

En la sociedad moderna, la ley ineludible del trabajo alcanza a 
todos, de una manera más o menos directa, y, como todo esfuerzo 
exige una compensación, tendremos que, originariamente, será más 
rico el hombre que, dedicándose a una industria o arte cualquiera, 
pueda servirlo mejor, recibiendo por ello mayor retribución. 

Parece innegable que, en la realización de un trabajo cualquiera 
por dos hombres, lo hará mejor y más rápidamente el que sea más 
educado, es decir, el que tenga menos dificultades que vencer, ya sea 
por estar familiarizado con aquello que lo ocupe, o ya por conocerlo 
bien de otro modo. 

Si esto es exacto tratándose de las meras anes manuales, lo es 
mil veces más cuando, estudiando la realidad de las sociedades mo¬ 
dernas, se observa al hombre como industrial, como labrador, como 
comerciante, teniendo, en todos los casos, necesidad de educación para 
vencer las dificultades que a cada paso se le presentan. 

Los pasmosos descubrimientos de la industria moderna van supri¬ 
miendo, a cada día, el empleo de la fuerza bruta del hombre, reempla¬ 
zando la fuerza animal por la de las máquinas. En todos los ramos 
de la actividad humana se requiere ya, muy generalmente, al ser inte¬ 
ligente, que, al realizar su trabajo, ejercita, no sólo las fuerzas físicas, 
sino principalmente las cualidades intelectuales que no poseen, ni po¬ 
seerán nunca, las máquinas inventadas por el hombre. 

Los tristes efectos de la ignorancia se hacen sentir, cada vez más, 
en la mayor parte de los pueblos europeos: el desarrollo creciente de 
la industria, exigiendo el empleo de más inteligencias, y escaseando el 
trabajo para el obrero ignorante, crea un desequilibrio que sólo la 
mayor difusión de la enseñanza hará desaparecer. Así los brazos que 
podemos llamar inteligentes, reciben un salario más elevado, y son mil 
veces más solicitados, que los brazos ignorantes, y, en consecuencia, 
la educación aumenta la fortuna del obrero, ya que eleva la retribu¬ 
ción de su trabajo. 

Esta verdad se hace más palpable y más evidente a medida que 
el trabajo se complica, es decir, que es más inteligente el esfuerzo 
que se demanda. Un simple dependiente de comercio, el escribiente 
de un abogado, el procurador, el empleado, el jefe de la más insignifi¬ 
cante fábrica y, naturalmente, todos los que en la escala social ocupan 
funciones más elevadas, obtienen mucha mayor retribución por un tra¬ 
bajo menor, que el obrero, por inteligente que éste sea. El salario se 


308 









regula, en realidad por la educación que tiene el que lo recibe, consi¬ 
derada ésta en sus relaciones con el trabajo que realiza. 

Es por esa razón que la educación es la más valiosa herencia que 
los padres pueden legar a sus hijos. Los bienes materiales, por cuan¬ 
tiosos que sean; las posiciones sociales por elevadas y seguras que 
parezcan, son siempre instables y están expuestas a los azares de la 
fortuna humana. Los únicos que no se pierden jamás, una vez adqui¬ 
ridos, son los que resultan de la educación. 

Los tiempos modernos han presentado de esta verdad ejemplos 
de una elocuencia tan incontestable como fecunda para los espiritas 
observadores. El rey Luis Felipe, siendo arrojado del trono de Francia, 
y yendo a vivir en el extranjero del sueldo que ganaba como maestro, 
es un alto ejemplo de la instabilidad de la fortuna humana, y de que 
la educación es el único bien que no se pierde nunca, y cuyos bene¬ 
ficios podemos utilizar en todas las épocas de la vida, para salvarnos 
de los crueles naufragios. 

¿Qué otra fortuna, qué otros bienes para vencer las dificultades 
de vida en el extranjero, han llevado consigo la gran mayoría de los 
primeros hombres de las repúblicas sudamericanas, a quienes las con¬ 
tinuas convulsiones políticas arrojaron, proscritos, lejos del suelo de 
la patria? 

El pauperismo que corroe a las poblaciones europeas, es desco¬ 
nocido en Estados Unidos, donde la mejor repartición de la riqueza 
pública hace que alcance a todos lo necesario para llenar, al menos, 
las más apremiantes necesidades de la vida, y si es cieno, que algo, 
y no poco, influyen en ese resultado las instituciones políticas, él debe 
atribuirse, principalmente, a la generalización de la educación, a la 
mayor suma de conocimientos que poseen los norteamericanos, compa¬ 
rados con los pobladores de la Europa. 

La educación es, pues, fortuna, fortuna que no se pierde, que no 
se gasta, que produce siempre: capital atesorado, que reditúa constan¬ 
temente, y que los padres pueden, y deben, legar siempre a sus hijos. 


CAPITULO IV 

LA EDUCACION PROLONGA LA VIDA 

Los poetas y los romancistas se han complacido a menudo en pre¬ 
sentarnos con vividos y alegres colores la vida de los hombres en las 
épocas de ignorancia de la humanidad; nada es, sin embargo, más con¬ 
trario a la verdad. A medida que se remonta la corriente de la historia, 
se encuentra al hombre, viviendo con más dificultad, soportando ma¬ 
yores privaciones y más grandes dolores, perseguido por el hambre, 
por la miseria, por la barbarie en todas sus manifestaciones. No ya 
en las épocas primitivas del mundo, sino aun en la Edad Media, que 
tanto se ha ensalzado por algunos escritores novelescos, ¿cuál era la 
vida de los hombres y de las sociedades humanas en los países entonces 
más adelantados de la Tierra? Impotentes para vencer, con la ignoran¬ 
cia, los obstáculos que la Naturaleza levanta a cada paso, enemigos 
unos de otros, en guerra constante, los hombres vivían en un temor 
y una lucha sin tregua ni descanso; unos pocos, los que se llamaban 
Señores Feudales, manteniéndose del trabajo de sus Siervos, encerrados 
dentro los muros de sus castillos, sin más placeres ni más alegrías 
que las agitaciones de la guerras; otros, los Siervos, la grande, la in¬ 
mensa^ mayoría de las poblaciones, viviendo en peores condiciones físicas 
que las de que gozan hoy, en los centros civilizados, los animales do¬ 
mésticos, y hallándose poco más arriba que éstos en las manifestaciones 
embrutecidas de su ser moraL En épocas más recientes, no era más 
feliz el estado de los hombres, aun en los grandes centros de pobla¬ 
ción, resultando de esas deplorables condiciones de la existencia, que 
el término medio de la vida del hombre fuese mucho más corto que 
en la época presente, como ha podido constatarlo la estadística. Pestes 
y enfermedades sin cuento, causadas por la falta de cumplimiento de 


309 







los más elementales preceptos de la higiene, devoraban materialmente 
las poblaciones. 

"Algunas horrorosas enfermedades han sido extirpadas por la cien¬ 
cia, otras han sido proscritas por la Policía, dice Macaulay. 1 El término 
medio de la vida humana se ha alargado en todo el reino y especial¬ 
mente en las ciudades. El año 1685 no se hi 20 notar especialmente 
por sus enfermedades; sin embargo en 1685 murió más de uno en 
cada treinta y tres de los habitantes de la capitaL Hoy sólo muere 
anualmente uno en cuarenta de los habitantes de la capital. La dife¬ 
rencia de la salubridad entre el Londres del Siglo XIX y el Londres 
del Siglo XVII es mucho mayor que la diferencia entre Londres en 
una época ordinaria y Londres con el cólera”. 

Observaciones semejantes e iguales resultados a los que hace notar 
el célebre historiador inglés han podido hacerse con respecto a los demás 
pueblos de la Europa, evidenciándose, así, que las mejores condiciones 
de existencia, que resultan de la mayor difusión de conocimientos entré 
los hombres, prolongan notablemente el término medio de la vida hu¬ 
mana, y, como consecuencia natural, la vida del individuo. 

Y si esto sucede con respecto a la vida corpórea, al tiempo que 
nuestro cuerpo permanece animado sobre la tierra, ¿cuánto más no se 
alarga la vida humana con los beneficios de la educación, si la consi¬ 
deramos en relación del tiempo que el hombre necesita emplear para 
llenar las necesidades de la vida diaria? 

Herederos del caudal atesorado del saber humano, disponiendo de 
los adelantos y los descubrimientos realizados por todas las generaciones 
que sucesivamente han ido viviendo sobre la Tierra, apropiándonos por 
medio de la educación, lo que es el resultado de esfuerzos sucesivos, 
de trabajos constantes, los viejos, en el sentido de los que tienen mayor 
caudal de conocimientos y de experiencia, no son nuestros padres, somos 
nosotros: los hombres educados, que viven en una hora más que los 
ignorantes en un día o en un mes, que, con los conocimientos adqui¬ 
ridos, con el auxilio de la educación, realizan en las evoluciones de 
todos los días, esfuerzos y trabajos que el hombre ignorante podría 
realizar apenas en toda su vida. Para dar una forma material y vulgar 
a esta verdad, basta observar, por ejemplo, lo que sucede con la costura 
de una mujer: el trabajo que una mujer realiza cosiendo todo un día 
a mano, lo hace tal vez otra en una hora con máquina, utilizando los 
conocimientos que han sido necesarios para su invención, y la educa¬ 
ción que se necesita para manejarla. Aplicada a cualquiera de las esferas 
de la actividad humana, esta observación conservará siempre su exac¬ 
titud: haciendo servir los conocimientos atesorados por el saber huma¬ 
no, la educación demanda menos esfuerzos para la realización de un 
trabajo cualquiera, exige menos tiempo y, en consecuencia, si no pro¬ 
longa materialmente la existencia, hace que puedan realizarse en ella 
mayores, más proficuos y más perfectos trabajos. La educación, pues, 
alarga la vida, en cuanto a que nos hace vivir más tiempo, salvándonos 
de las causas de muerte que entraña la ignorancia, y en cuanto a que 
exigiéndonos menos tiempo para la realización de nuestras necesidades 
primordiales, nos habilita para satisfacer cumplidamente otros deseos, 
otras aspiraciones, más elevadas y más fecundas, que incuba y fortifica 
en el espíritu del hombre, el alimento nutritivo de la educación. 


CAPITULO V 

LA EDUCACION AUMENTA LA FELICIDAD 


Si son ciertas las ideas que hemos expuesto en las consideraciones 
anteriores, si la educación destruye los males de la ignorancia, si au¬ 
menta la fortuna y alarga la vida, claro es que la educación dilata y 
vigoriza la felicidad del individuo, por una parte destruyendo, radical¬ 
mente, muchas de las causas de infelicidad del hombre, abriendo, por 


1 History of England. Cap. III. 


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(555 55555555 ll .r l ^TT.inm... , . l ,.....i l i l im.ii7im...im. l ..M., mm .Tlii 

otra, nuevos y más vastos horizontes al espíritu, haciendo correr copio¬ 
sas fuentes, que permanecen ocultas para la ignorancia. Como prueba 
de esta verdad, observemos cuáles son la vida y los placeres del hom¬ 
bre ignorante, y cuáles los del que ha fortalecido y enriquecido su 
inteligencia con los caudales de la educación. 

En la ignorancia, dice un distinguido escritor a quien citamos con 
gusto porque sus opiniones se armonizan exactamente con las nuestras, 
el hombre crece hasta la virilidad como un vegetal, o como uno de los 
animales inferiores. Ejercita sus poderes físicos porque ese ejercicio es 
necesario para su subsistencia. Si fuera de otro modo, lo veríamos a 
menudo acostado al Sol, con la mirada tan estúpida como la del buey, 
indiferente para todo lo que no fuese la satisfacción de sus apetitos. 
Ha aprendido tal vez el arte de leer, pero no lo ha aplicado nunca a 
la adquisición de conocimientos. Sus miras se detienen en los objetos 
que inmediatamente lo rodean y en las necesidades diarias que lo ocu¬ 
pan. Su conocimiento de la sociedad se circunscribe a los límites de la 
vecindad, y sus miras, con respecto al mundo, tienen por límite el 
pueblo en que vive o las verdes colinas que limitan su horizonte. Del 
aspecto del globo en otros países, de las varias razas y tribus que lo 
pueblan, de los mares y los ríos, de los continentes y las islas, que 
varían el panorama de la Tierra, de los diferentes órdenes de seres 
animados que pueblan el océano, la atmósfera y el suelo, de las revo¬ 
luciones de las naciones, y de los acontecimientos que llenan la historia 
del mundo, tiene apenas tanto conocimiento como los animales que 
vagan en el bosque. 

Respecto a las ilimitadas regiones que se extienden tras del firma¬ 
mento y a los cuerpos que ruedan allí en magnífica grandeza, tiene 
las más confusas y absurdas ideas: en verdad, rara vez se preocupa de 
hacer averiguaciones a ese respecto. El averiguar si las estrellas son 
pequeñas o grandes, si están cerca o lejos de nosotros, y si se mueven 
o están quietas, es para él cuestión de trivial importancia. Si el Sol 
le da luz de día y la Luna de noche, si las nubes dejan caer sus acuᬠ
ticos tesoros sobre el campo en que vive, está contento; eso le basta. 
No tiene idea del modo cómo la inteligencia puede ser iluminada y 
desarrollada por la educación: no comprende las especulaciones intelec¬ 
tuales, ni concibe los placeres que causan: generalmente desdeña el 
saber y a menudo lo combate. Sólo aspira a aumentar su fortuna ma¬ 
terial y a satisfacer sus apetitos sensuales. Los progresos realizados por 
la industria, los descubrimientos de la ciencia, los adelantos de los 
demás hombres, lo encuentran rebelde, dispuesto a rechazar todo lo 
que importe una innovación, sea política, religiosa, social o industrial, 
y a defender "lo que se ha hecho siempre", aunque sea, como sucede 
con la mayor parte de los agricultores de nuestra campaña, perder la 
cosecha, cuando cae una lluvia, por no haber tenido la previsión de 
construir un galpón donde encerrar el trigo antes de separarlo de la paja. 

Si dependiera de él, el mundo moral permanecería siempre, como 
el mundo físico en los primeros días de la creación, y los hombres 
vivirían agregando uno más a los seres irracionales que pueblan la 
Tierra. Es evidente que un individuo semejante, —y el mundo con¬ 
tiene millares y millones de hombres así—, no eleva jamás su mente 
hasta la altura tranquila donde halla el hombre ilustrado sus más puras 
e inefables alegrías. Presa de las preocupaciones más absurdas, del te¬ 
mor a los espectros, a los maleficios, a los seres sobrenaturales, ence¬ 
rrado en un círculo estrecho, ahogado por la atmósfera asfixiante del 
más degradante materialismo, el hombre ignorante cruza la vida como 
una sombra, sin dejar una huella de su pasaje por el mundo, y sin que 
una sola alegría verdadera lo compense de sus temores, de su trabajo 
y de su miseria. 

Por el contrario, el hombre ilustrado, cuya mente se halla ilumi¬ 
nada por la luz de la ciencia, tiene visiones, y sentimientos, y placeres, 
a que es completamente extraña la ignorancia. Con las numerosas y 
multiformes ideas que ha adquirido, penetra en un nuevo mundo, rico 
en escenas, objetos y movimientos que el hombre ignorante no concibe 
siquiera. El puede trazar la corriente del tiempo desde su principio, y 
deteniéndose al seguir su curso, observar los más memorables aconte- 


311 









cimientos que se han producido, desde las edades primitivas hasta el 
día de hoy: la grandeza y decadencia de los imperios, las revoluciones 
de las naciones, las luchas de los hombres entre sí y de la humanidad 
con la naturaleza, los sucesos que han seguido su marcha, regular para 
la mirada del pensador ilustrado, aunque inexplicable para la ignoran¬ 
cia, los progresos de la civilización, de las artes y de las ciencias, las 
revoluciones y los cambios que se han producido en la naturaleza física 
del globo terráqueo, y, en una palabra, la peregrinación del hombre, 
como ser inteligente, que observa y atesora sus observaciones, para trans¬ 
mitirlas a las generaciones que le suceden, formando con ellas el caudal 
inagotado e inagotable de la sabiduría humana. La mirada mental del 
hombre ilustrado puede recorrer el mundo en todos sus varios aspectos: 
contemplar los continentes, las islas y los océanos que rodean su exte¬ 
rior; los ríos que bordan la Tierra con largas cintas de plata; las cade¬ 
nas de montañas que diversifican su superficie; la naturaleza exuberante 
de los trópicos y la naturaleza helada de los polos. Al amor apacible 
de la lumbre, en las frías noches de invierno, respirando el aire vivi¬ 
ficante del hogar tranquilo, el hombre ilustrado puede recorrer con la 
mente las razas y los pueblos qúe se esparcen sobre la superficie de 
la Tierra, observar sus costumbres, su religión, sus leyes, su comercio, 
los progresos de su industria, su arte, sus ciencias, las ciudades en que 
se aglomeran, las campañas que cultivan, respirando en ellas el perfume 
de las flores, acogiéndose a la grata sombra de los árboles, oyendo el 
murmullo de las fuentes, viendo los animales que pacen la hierba, los 
reptiles que entre ella se deslizan o las aves que vuelan en el espacio 
y se posan sobre las ramas de los árboles y, levantando su vista de la 
tierra a los cielos, el hombre ilustrado puede recorrer con su espíritu 
el firmamento, con sus millares de luminosas estrellas, con sus flamíge¬ 
ros cometas, con sus planetas, con sus constelaciones, con su sol, con 
todas sus maravillas: y, descendiendo del cielo a su propio ser, el 
hombre ilustrada puede recorrer en sí mismo la clave de sentimientos 
delicados, desconocidos del hombre sin educación, oyendo la música 
inefable de la conciencia, satisfecha de amar y obrar el bien. 

Y ¿cuáles de los groseros y torpes placeres de los ignorantes, 
pueden compararse con las puras e intensas alegrías de los hombres 
cultos e ilustrados? Ora se entreguen a las especulaciones del espíritu 
ora se abandonen a las expansiones del alma, u ora dejen manifes¬ 
tarse libremente los sentimientos, hay siempre en las alegrías y en los 
placeres del hombre ilustrado el armónico consorcio de la naturaleza 
y del arte, de la imaginación y de la razón, del ser humano y del saber. 
Fuentes de la sabiduría, vosotras sois también las fuentes de la verda¬ 
dera felicidad!! 


CAPITULO VI 

LA EDUCACION DISMINUYE LOS CRIMENES 
Y LOS VICIOS 

Si es cierto que la educación produce importantes ventajas y bene¬ 
ficios al individuo, no es menos cieno también que tan grandes bene¬ 
ficios y tantas ventajas reporta de ella la sociedad. A medida que la 
educación se difunde, mejoran las condiciones generales de la sociedad, 
se aminoran los crímenes y los vicios y aumenta la prosperidad, la 
fortuna y el poder de las naciones. 

Que la educación disminuye los crímenes y el vicio, se prueba de 
una manera evidente por el testimonio armónico de la razón y de los 
hechos. Las pasiones del hombre educado son siempre mejor dirigidas 
que las del ignorante; aquél tiene una conciencia clara del bien y del 
mal, que a éste le falta, y en todos los actos de la vida, el hombre 
educado encuentra siempre en su misma ilustración, una barrera para 
el desborde de sus malas pasiones que, en vano, ha pretendido buscarse 
para el ignorante en el temor de castigos ulteriores, y en la amenaza 


312 






de terribles venganzas divinas. Por más poderosas que sean las consi¬ 
deraciones teóricas que puedan aducirse en favor de la influencia de la 
educación sobre la criminalidad, parécenos que es en las elocuentes 
revelaciones de la estadística donde debe buscarse la mejor constatación 
de la verdad que encierra el aforismo que estamos desarrollando. 

"Según informes remitidos al Parlamento Británico, dice Mr. 
Mayhew, 1 los autores de crímenes, en un término medio de nueve 
años, están en la proporción siguiente con la población: en Manches- 
ter, la ciudad más ignorante de la nación, 1 en 140; en Londres, 1 en 
800; en toda Irlanda, 1 en 1.600; y en Escocia, célebre por lo difun¬ 
dida que está en ella la educación, 1 en 20.000. 


Así el hecho es constante y los resultados son siempre los mis¬ 
mos: la mayor difusión de la educación en el pueblo produce la dismi¬ 
nución de los crímenes y los vicios. Mejorando sus condiciones mate¬ 
riales y morales, la sociedad, como el individuo, a medida que se educa, 
ve disminuir, progresiva y relativamente, el crimen, los vicios, la vio¬ 
lación de la ley, moral y política, —en una palabra, todos los actos 
punibles del hombre en sociedad. Es que la educación, purificando la 
conciencia individual, es la barrera más poderosa que puede oponerse 
al desborde de las malas pasiones, que engendran el crimen. 

Sensible es que la falta absoluta de datos estadísticos nos impida 
hacer para la República Oriental las observaciones que hemos hecho 
para otros países. Si así no fuese, estamos seguros de que los números, 
las cifras, los hechos, vendrían a demostrar que, también entre noso¬ 
tros, como en todas partes, la criminalidad está en relación directa con 
la ignorancia e inversa con la ilustración del individuo. Las cifras, no 
hay que dudarlo, serían espantosas y hablarían alto y fuerte, aun a los 
espíritus más reacios, para convencerlos de que la sociedad oriental está 
al borde del abismo, y no podrá salvarse de caer en él, si no reacciona 
contra el deplorable abandono en que ha vivido hasta ahora, con res¬ 
pecto a la educación, y no hace que, en pocos años, puedan decirse de 
la República Oriental estas bellas palabras que aplica Mr. Laveleye a 
la República del Norte: "En Estados Unidos, dice, cuando se grita ¡a 
la ignorancia!, es como cuando se grita ¡fuego!: cada uno corre para 
combatir el mal y no se detiene hasta que no lo ha vencido”. 1 


CAPITULO VII 

LA EDUCACION AUMENTA LA FELICIDAD, 

LA FORTUNA Y EL PODER DE LAS NACIONES 


Más felices o más previsores que nosotros, la mayor parte de los 
pueblos civilizados de la Tierra han emprendido ya, de una manera 
más o menos eficaz, pero decidida y resuelta, el movimiento en favor 
de la educación, que sólo encuentra aún en la República Oriental par¬ 
tidarios aislados, cuyas fuerzas dispersas son impotentes para vencer las 
hordas amenazadoras de la ignorancia. "Se ocupan hoy de la educación 
del pueblo, dice Laveleye, más de lo que lo han hecho nunca no sólo 
en Europa, sino en el mundo entero. Hace algunos años, el Ministro 
de Instrucción Pública en Francia, Mr. Duruy, exponía con una reco¬ 
mendable osadía la situación de la enseñanza primaria en este país y 
proclamaba la necesidad de profundas reformas: desde entonces los 
acontecimientos de 1870 y 1871 han venido a demostrar cuánta razón 
tenía. En Italia los hombres de Estado se han convencido de todo lo 
que queda que hacer para levantar la Península, de la ignorancia secu¬ 
lar que pesa sobre sus inteligentes poblaciones, y casi cada año nuevos 
proyectos se presentan al Parlamento. La Inglaterra, humillada y des- 


1 Universal Eáucrtion. 

a ¡nstruciíon du Peuple, por I. Laveleye, París, 1872. 




313 












contenta por el lento progreso de sus escuelas, acaba, por una ley 
reciente, de reorganizar un régimen que era evidentemente poco eficaz. 
El Portugal ensaya un nuevo sistema en el que se han introducido 
los principios conformes a las ideas modernas, y la Rusia, en medio 
de sus dificultades políticas y sociales, encuentra tiempo de abordar la 
cuestión: se asegura que prepara importantes mejoras. En Holanda, en 
Bélgica, el problema, bandera de guerra de los partidos, no deja de 
ocupar la atención pública. En Estados Unidos, después de la última 
guerra, han comprendido mejor aún la necesidad de la instrucción uni¬ 
versal, y han aumentado, en proporciones inauditas, los sacrificios de 
dinero consagrados a este fin. 1 En fin, en Australia y en el Canadá, 
en Chile y en el Brasil, (en la República Argentina, diremos nosotros), 
en los países de origen latino, no menos que en los de origen anglo¬ 
sajón, se han puesto seriamente a la obra’*. 

El movimiento es, pues, universal: acaso el único pueblo que 
permanece indiferente, en presencia de esa cruzada contra la ignoran¬ 
cia, es la España, víctima expiatoria de sistemas políticos y religiosos 
que la historia no ha juzgado aún con toda la severidad que merecen. 

Y es que el pasmoso crecimiento de los Estados Unidos del Norte, 
la fuerza incontrastable que han adquirido, en apenas un siglo de exis¬ 
tencia, su fortuna, su prosperidad, su grandeza, presentando el ejemplo 
práctico de los milagros que opera la difusión de la enseñanza, ha 
despertado la actividad dormida de todos los pueblos, más, acaso, que 
los escritos y los trabajos de los más distinguidos pensadores. En los 
últimos años, las catástrofes que han pesado sobre la Francia, y la mar¬ 
cha triunfal de la Alemania, han convencido, aun a los más reacios 
y a los más rutineros de los hombres de Estado de todas las naciones, 
de que la educación es el poder, es la fortuna, es la prosperidad. 

Gracias a la organización inteligente de sus escuelas, a la difusión 
del saber a todas las clases sociales, a la educación del pueblo, la Prusia, 
hace apenas un siglo oscuro principado, la Alemania, ayer no más 
cuerpo dislocado, sin poder y sin influencia, se han convertido en la 
nación más poderosa de la Europa, y han asombrado al mundo con 
sus victorias sobre el pueblo más guerrero de la Tierra. El ejército 
francés, hasta entonces hijo mimado de la Victoria, se ha batido con 
las escuelas alemanas en la campaña de 1870-71 y ha sido vencido: 
debía suceder, la inteligencia es más fuerte que la fuerza. 

Junto a la Alemania, una nación pequeña, sin veleidades guerrera, 
ni aspiraciones contrarias a la democracia, la Suiza, ha realizado tam¬ 
bién milagros, gracias a la organización de sus escuelas y a la difusión 
de la enseñanza. 

"Tiempo es ya de darnos prisa, dice Mr. Duruy hablando de ella. 
En la pacífica pero terrible lucha en que se hallan empeñadas las na¬ 
ciones industriales, no estará reservada la victoria a la que ofrezca 
mayor número de brazos o mayor suma de capital, sino a aquella cuyas 
clases obreras sean más arregladas, más inteligentes y más educadas. 
Si alguno duda de la revolución que se opera, fije la vista en la Suiza, 
aquel país lleno de lagos y montañas, que tan bello ha hecho la Natu¬ 
raleza, negándole, sin embargo, las condiciones necesarias para hacerlo 
el asiento de industria; país querido de los artistas y de los poetas, 
pero sin puertos, ni ríos navegables, sin canales y sin minas. Y con 
todo, del seno de esa esterilidad se exportan anualmente productos 
bastantes para hacer frente a los consumos importados, y, sobre todo, 
a los doscientos millones de francos en mercancías que la Francia sola 
vende a aquel pueblo, que, en otro tiempo, sólo ofrecía mercenarios 
a los ejércitos extranjeros, como su único ramo de industria. Hoy posee 
tal número de hombres inteligentes que, en cualquier parte del mundo, 
una colonia suiza ocupa el primer lugar y, en casi todas las grandes 
casas de comercio, se encuentran hábiles dependientes venidos de Bale, 
de Zurich o Neufchátel”. Es la obra de la escuela, es el resultado 
infalible de la educación del pueblo. 


1 Los gastos para la educación, que eran en 1860 de 40 millones de pesos, se han 
elevado en 1870 a muy cerca de 100 millones de pesos, lo que da en diez años un 
aumento de 60 millones. 


314 










gzñ 




De este lado del Atlántico, los Estados Unidos, aliando la escuela 
con la democracia, los dos grandes principios de la sociedad moderna, 
han sabido convertirse, en cien años de vida independiente, en la más 
grande, en la más rica y en la más feliz de las naciones modernas. 

Tales ejemplos hacen inútil todo comentario. Los hombres de Es¬ 
tado, los pensadores, los hombres de buena voluntad, los patriotas de 
todos los países, debieran abrigar, como la más grande de las aspira¬ 
ciones, el hacer suyas, aplicándolas a su patria, las nobles palabras 
pronunciadas hace algunos años por Mr. Garfield en el Senado de Esta¬ 
dos Unidos: "Si se me preguntara hoy, decía, de qué me envanezco 
más en mi propio Estado (Ohio), no señalaría las brillantes páginas 
de sus fastos militares, ni los heroicos soldados y oficiales que dio para 
la lucha; no señalaría los grandes hombres pasados y presentes que 
ha producido, sino que mostraría sus escuelas públicas; mostraría el 
hecho honorífico de que durante los cinco años de la última guerra, 
ha gastado 12:000.000 de pesos para mantener sus escuelas públicas: 
no incluyo en la suma lo gastado en la enseñanza superior. Señalaría 
el hecho de que cincuenta y dos por ciento de las rentas cobradas en 
el Ohio, durante los cinco últimos años, a más de los impuestos para 
pagar su deuda pública, ha sido para el sostenimiento de escuelas. Yo 
mostraría las escuelas de Cincinnati, de Cleveland, de Toledo si hubiese 
de ostentar ante un extranjero las glorias del Ohio. Mostraríale los mil 
trescientos edificios de escuela, con sus setecientos mil niños en las 
escuelas de Ohio. Mostraríale la cifra de tres millones de pesos que 
ha pagado este último año: y, a mi juicio, esta es la verdadera medida 
para apreciar el progreso y la gloria de los Estados”. 1 


La Democracia y la escuela 


CAPITULO VIII 

LA EDUCACION EN LA DEMOCRACIA 

Si para el individuo, en todas las zonas, y para todas las socie¬ 
dades humanas, la educación es cuestión de vital importancia, lo es 
más, aún, para aquellos pueblos que, como el nuestro, han adoptado 
la forma de gobierno democrático - republicana. No por ser una verdad 
de sentido común, es menos cieno que "en un país donde todos los 
ciudadanos deben tomar pane en la dirección de los negocios públicos 
y en que los votos se cuentan sin pesarse, interesa sobremanera ilus¬ 
trarlos con la inteligencia clara de las graves materias que deben ven¬ 
tilar y del modo competentemente establecido de ejercer los derechos 
políticos. De aquí dos órdenes de ideas cuya adquisición es indispen¬ 
sable en la vida democrática: un orden de ideas generales, que basten 
para dar al espíritu un criterio sólido, respecto de las cuestiones sociales 
y de los mil problemas, cuya eventualidad no puede ser determinada 
por ninguna inducción: un orden de nociones especiales y prácticas, 
reducidas al conocimiento de la constitución y de todas las leyes que 
regulan la libertad política”. 2 

El gobierno democrático republicano, sin duda el más perfecto 
de todos los que los hombres han adoptado, hasta ahora, para la 
dirección de los negocios públicos, garantiendo a todos los miembros 
de la comunidad la libertad, en todas sus manifestaciones, llamando a 
todos a tener participación activa en el gobierno, dejando abierto el 
campo a todas las aspiraciones, con la acción constante del pensamiento 


1 En 1870 la población del Ohio se elevó a 2:665.260 habitantes y los gastos 
para las escuelas a la suma total de 7:150.566 patacones. 

* J. M. Estrada. — Educación Común en Buenos Aires. 


315 













y de la actividad pública, despierta la acción y el pensamiento del 
individuo, en un grado desconocido para los pueblos que viven bajo 
otra forma de gobierno. 

En Europa, en el Oriente, en Asia, en todos los países donde han 
dominado, y se conservan aún, gobiernos monárquicos, con tendencias 
más o menos democráticas, más o menos próximas a sufrir la grande 
y definitiva transformación que espera a todas las naciones, que no 
han llegado aún al gobierno del pueblo por el pueblo; en los países 
monárquicos, hay multitud de hombres ignorantes, en cuya mente no 
ha penetrado una sola idea respecto de los deberes de la sociedad, del 
gobierno, ni de sus propios derechos, ni de las condiciones elemen¬ 
tales de la sociabilidad humana. Obedientes, como las bestias a cuyo 
lado trabajan, están siempre prontos a seguir las órdenes y la voluntad 
de sus señores: siervos en el hecho aquí, allí en el título y en el hecho 
también, no tienen ninguna de las condiciones que distinguen a los 
ciudadanos de un pueblo democrático ni se sienten agitados por las 
dudas, por las aspiraciones, por los estremecimientos, por las pasiones 
que sacuden a los hijos de un pueblo democrático, por ignorantes 
que sean. 

La misma atmósfera que se respira en las democracias está llena 
de ideas respecto a los derechos políticos y sociales, a las relaciones de 
gobernantes y gobernados, a la propiedad, a la omnipotencia del pueblo. 
Falsas o verdaderas, todos adquieren ideas, más o menos elementales, 
respecto a sus derechos, y entre nosotros, aun el más oscuro habitante 
de nuestra campaña, en las agitaciones políticas, en el tumulto de la 
vida revolucionaria, en los campamentos de la guerra civil, en las elec¬ 
ciones farsaicas de una república, sin republicanos, ha adquirido ideas 
con respecto a su derecho, que robustecen y desarrollan la tendencia, 
vaga pero constante, a la independencia, a la libertad que vive y pal¬ 
pita en todos los hombres y que sólo el despotismo puede ahogar por 
completo. En bien o en mal, para servir la civilización o para comba¬ 
tirla, para aumentar su felicidad o hacerla imposible, los pueblos que 
han adoptado la forma democrático - republicana, se agitan siempre: 
no se encuentra en ellos el marasmo estúpido de las sociedades monár¬ 
quicas; no es sólo la ignorancia absoluta lo que los gangrena, cuando 
viven como las repúblicas sudamericanas: son también los malos hábitos, 
las ideas falsas, las malas pasiones en ebullición, las aspiraciones ilegí¬ 
timas en ejercicio, en una palabra, el esfuerzo realizado sin conciencia. 

Resultan de ahí, bajo el gobierno democrático, males y desgracias 
sin cuento, que sólo la educación del pueblo puede destruir. 

"Ningún hombre, dice un distinguido pensador, por mera intui¬ 
ción o instinto, forma opiniones justas sobre mil cuestiones, respecto 
a la sociedad civil, a su jurisprudencia, a sus deberes locales, nacionales 
e internacionales. Muchas verdades, vitales para la felicidad pública, 
difieren tanto, en la realidad, de la apariencia que ofrecen a los espí¬ 
ritus sin ilustración, como el tamaño aparente del Sol difiere de su 
tamaño real que, en verdad, es tantas veces mayor que la Tierra, aun 
cuando para el ojo ignorante, parece tantas veces menor". 1 Y si, dejando 
al hombre en la ignorancia, hemos de llamar al ciudadano a una vida 
activa, haciéndole correr todos los peligros que ofrecen nuestras institu¬ 
ciones, cuando no son ayudadas por una instrucción especial, si hemos 
de poner en sus manos todos los instrumentos y auxilios que ofrece, 
así al ignorante como al hombre ilustrado, nuestra doctrina de la igual¬ 
dad democrática, el resultado será que tenga un poder de hacer mal 
mucho mayor, que el que los ignorantes han tenido hasta ahora bajo 
el gobierno monárquico, que sofoca y anula la personalidad humana. 
Es una verdad por todos sabida que las instituciones libres multiplican 
la energía humana. 

En un gobierno despótico las facultades humanas son mutiladas y 
paralizadas; en una república crecen con intensa fuerza y se producen 
con incontrastable impetuosidad. En el primer caso están circunscriptas 
y estrechadas en un limitado rango de acción: en el segundo tienen 
ancho campo y vasto espacio, y pueden elevarse a la gloria o sepul- 


1 Horace Mann. — Repports. 

316 —. mam . 






tarse en la ruina. De aquí que la ignorancia del pueblo, bajo el go¬ 
bierno despótico, sea una causa de desgracia, de aniquilamiento, y de 
impotencia, pero no un peligro; mientras que la ignorancia, bajo el 
gobierno republicano, es una amenaza constante y un peligro inmi¬ 
nente. Bajo el gobierno despótico el hombre del pueblo, ignorante, 
se iguala casi al ser irracional: mientras que en la república, el solo 
roce de las instituciones libres evoca pasiones, y aspiraciones, que, sin 
destruir la ignorancia, la desencadenan, y la hacen más temible. La 
ignorancia bajo el despotismo produce ese orden enfermo que Alfieri 
llamaba una vida sin alma: bajo la república, incuba y produce los 
motines, las asonadas, las revueltas constantes, la violación de las leyes, 
el falseamiento de las instituciones, la anarquía erigida en gobierno, 
en una palabra, el caos ocultándose bajo el título y las formas apa¬ 
rentes de las instituciones libfts. 

Del reconocimiento de esta verdad ha deducido lógicamente el 
pueblo norteamericano, la necesidad de educar, amplia y razonadamente, 
a todos los que estén llamados a ejercer influencia en la dirección de 
los negocios públicos, como miembros activos de la comunidad. 

La extensión del sufragio a todos los ciudadanos exige, como con¬ 
secuencia forzosa, la educación difundida a todos: ya que sin ella el 
hombre no tiene la conciencia de sus actos, necesaria para obrar razo¬ 
nadamente. Parodiando en esto a la Francia, los pueblos sudamericanos 
de habla española, hemos creído que basta para instituir la república 
el decretarla, y que el empuje de algunos movimientos revolucionarios, 
que cambian los hombres sin cambiar las cosas, sin operar revoluciones 
verdaderas, basta para alterar las instituciones y vaciar en nuevos mol¬ 
des la vida de la sociedad. La obra es imposible: el sueño quimérico. 
Para establecer la república, lo primero es formar los republicanos; 
para crear el gobierno del pueblo, lo primero es despertar, llamar a 
vida activa, al pueblo mismo: para hacer que la opinión pública sea 
soberana, lo primero es formar la opinión pública; y todas las grandes 
necesidades de la democracia, todas las exigencias de la república, sólo 
tienen un medio posible de realización: educar, siempre educar. Edu¬ 
cación exige el voto consciente que se deposita en las urnas electorales, 
para saber apreciar, por juicio propio y razonado, el orden de ideas 
políticas, económicas o sociales a que se quiere servir; educación exige 
el veredicto consciente que se formula, para decidir de la felicidad, de 
la honra, de la vida del hombre, en los casos en que el ciudadano es 
llamado a fallar en los juicios populares; educación, exige el desem¬ 
peño consciente e inteligente de todos los puestos públicos, que el 
ciudadano puede ser llamado a desempeñar, y a los que puede aspirar 
legítimamente; educación exige el voto consciente dado en pro o en 
contra de una ley, en el recinto del Cuerpo Legislativo; educación 
exige, y exige imperiosa e ineludiblemente, el uso consciente de todos 
los derechos y todos los deberes del ciudadano. La escuela es la base de 
Ja república; la educación, la condición indispensable de la ciudadanía. 
Así lo reconoce la razón, y así lo ha proclamado la ley fundamental 
de la República, al suspender en el ejercicio de la ciudadanía a todos 
aquellos que no saben leer y escribir. 

¿Ni cómo podría ser de otro modo? El gobierno democrático repu¬ 
blicano supone en el pueblo las aptitudes necesarias para gobernarse a 
sí mismo: él es el mejor juez para apreciar la bondad de las leyes 
que deben regirlo; él decide, por medio de sus representantes, de sus 
delegados, de los que reciben su mandato y no hacen más que dar 
forma a sus aspiraciones, cuál es el molde en que debe vaciarse la vida 
nacional en su cuádruple manifestación política, social, religiosa y eco¬ 
nómica, él marca los límites de la libertad, él señala las fronteras del 
derecho; él define el abuso, clasifica el crimen y señala la pena: en 
una palabra, el pueblo en la república, reconociéndose como el sobe¬ 
rano^ como la fuente de todo poder, y de todo saber, es su propio legis¬ 
lador y su propio juez. Pero el gobierno de las sociedades humanas, 
que han alcanzado bastante desarrollo para adoptar la forma democrá- 
tico-republicana, no es una intuición, no es un instinto; es una ciencia; 
ciencia que, en sus principios elementales al menos, deben poseer todos 
los ciudadanos de una república, ya que, todos reunidos, forman la 









ñ 


nación y deciden de sus destinos. El sufragio universal supone la con¬ 
ciencia universal, y la conciencia universal supone y exige la educación 
universal. Sin ella la república desaparece, la democracia se hace impo¬ 
sible y las oligarquías, disfrazadas con el atavío y el título de repú¬ 
blica, disponen a su antojo del destino de los pueblos y esterilizan las 
fuerzas vivas y portentosas que todas las naciones tienen, en sí mismas. 

Si el estudio tranquilo del hombre, y de las sociedades humanas, 
establece esos principios de una manera indubitable, ¿no ha venido a 
darles una sangrienta y dolorosa y elocuente sanción la vida enferma 
de las llamadas repúblicas sudamericanas? 

Al abordar este punto, que no es posible dejar de tratar en un 
libro sobre educación, pisamos un terreno ardiente, y estamos expuestos 
a chocar con viejas y modernas preocupaciones, con mal entendidos 
sentimientos de patriotismo, con mezquinas ideas respecto a la libertad, 
con pequeñeces de partido, que aspiran a los honores de doctrinas, con 
rencillas de barrio que se cubren con el título de grandes cuestiones 
nacionales: y no es nuestro objeto, ni nuestra aspiración, provocar 
controversias políticas, alterando la tranquilidad del espíritu, y turbando 
la serenidad de la augusta esfera de la propaganda educacionista, con 
el choque de pasiones y de ideas a que son, y deben ser, extraños los 
intereses educacionistas del pueblo oriental. 

Vivimos demasiado a prisa en este país: las exigencias de todos 
los países nos apremian demasiado, para que hayamos tenido tiempo 
de detenernos a estudiar, tranquilamente, todas las grandes cuestiones 
que preocupan a la sociedad moderna. Para probarlo, basta recordar 
que, al año, acaso no se publica en la República un solo libro original. 
La controversia está circunscrita, entre nosotros, a la prensa diaria: y, 
natural y forzosamente, se resienten del tono agrio y del sabor amargo 
de la polémica. No es raro, pues, que al tratar de la educación en sus 
relaciones con la vida democrática, lo que tan íntimamente se relaciona 
con todas las cuestiones políticas de nuestro país, y aún con todas las 
cuestiones primordiales de política militante, abriguemos nosotros, perio¬ 
distas ayer, el temor de desvirtuar la palabra tranquila del propagan¬ 
dista de educación, con la frase severa, ruda, a veces agresiva del perio¬ 
dista político. Para salvarnos de ese peligro, y conservar a este libro 
su completa imparcialidad en las cuestiones de política militante, de 
controversia y de polémica diaria, preferimos traducir los siguientes 
párrafos de la interesante obra de Mr. Laveleye que lleva por título 
"L’Instruction du peuple”: 

"En Europa, dice, los pueblos se imaginan que para fundar la 
república y la libertad basta proclamar la una y decretar la otra. Se 
derroca un gobierno, se vota una nueva constitución, se adoptan los 
emblemas republicanos, se cambian los nombres de las calles, se inscribe 
una divisa igualitaria en el frontis de los monumentos, y después, si 
se encuentran resistencias, si las disidencias se acentúan, si, en fin, el 
nuevo edificio amenaza derrumbarse, se grita ¡a la traición!, se acusa 
a la reacción. 

"Los americanos, aclarados por una larga experiencia de las insti¬ 
tuciones libres, no ignoran que para fundar o mantener la república, 
es necesario crearle el medio que la haga viable, y que ese fin no se 
alcanza sino al precio de esfuerzos incesantes y de muy grandes sacri¬ 
ficios. En las sociedades primitivas, entre los galos, entre los germanos, 
y aún hoy en los cantones montañosos de la Suiza, la libertad reina sin 
tantos esfuerzos, porque las relaciones de los hombres entre sí son 
sencillas, y casi iguales sus condiciones; pero, en nuestras sociedades, 
donde la desigualdad de las fortunas provoca la hostilidad de las clases, 
donde las necesidades del Estado exigen pesados impuestos, donde las 
relaciones son tan complicadas, es un problema muy difícil el hacer 
coexistir la libertad y el orden, bajo un régimen que deja al voto de 
todos los ciudadanos la creación de todos los poderes. Los americanos 
gozan bajo este aspecto de condiciones que no posee ningún país euro¬ 
peo. Los Estados de la Unión Panamericana fueron fundados por hom¬ 
bres de élite, profundamente religiosos, que huían de su patria para 
conservar su libertad. Aquellos hombres habían heredado de sus ante¬ 
cesores el hábito del self government: habían adoptado un culto que, 

318 


3 







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mejor que ningún otro, prepara al hombre para pensar y obrar por sí 
mismo. Consagraron en sus constituciones los derechos que se llaman 
los grandes principios del 89. New-Jersey, Rhode-Island, Massachus- 
setts proclamaron todas las libertades modernas sin restricción. El prin¬ 
cipio de la soberanía del pueblo, formulado en términos precisos, (we 
put the power in the people) ha sido aplicado con tanta consecuencia 
que todos los funcionarios, aun los jueces, son elegidos directamente 
y por un tiempo muy corto: y esas constituciones se han mantenido 
desde hace dos siglos y medio. Los americanos tienen, pues, la tradi¬ 
ción de la libertad. 

"Poseen, además, una inmensa extensión de tierras inocupadas, lo 
que simplifica, singularmente, las dificultades sociales, y, sin embargo, 
se alarman por el porvenir: ellos afirman que si no se afanan por 
hacer penetrar más en todos los rangos de la sociedad ideas justas, 
sentimientos religiosos y morales, si no se hace obligatoria la instruc¬ 
ción, sus instituciones republicanas no podrán subsistir. Oyendo hablar 
de este modo a los americanos, podemos juzgar de lo que habría que 
hacer en Europa, en donde las dificultades son mucho más grandes, y 
en donde el pueblo está mucho menos preparado. (¿Qué diremos en 
la República Oriental?). 

"Los americanos están convencidos de que, si en los Estados del 
Sur las luces hubieran estado tan esparcidas como en los del Norte, 
la secesión 1 no habría tenido lugar. Su fin actual es, pues, hacer pene¬ 
trar la instrucción en todas las clases, a fin de que todos los ciuda¬ 
danos aprecien las ventajas que resultan de la unión federal, y se hagan 
bastante reposados para evitar todo lo que pueda romperla. Es fortifi¬ 
cando el sentimiento nacional, por medio de la escuela, que esperan 
resolver este problema, antes considerado como insoluble por todos 
los políticos, de hacer subsistir una inmensa república, que tiene por 
territorio todo un continente, y que está llamada a contar sus habi¬ 
tantes por centenas de millones. La prensa y la escuela, esparciendo 
por todas partes ideas semejantes e inculcando en todas las almas un 
amor ardiente, mezclado de orgullo nacional, por la patria común, 
pueden crear, en efecto, entre los Estados autónomos, pero asociados, 
un lazo bastante fuerte para resistir a las divergencias de los partidos 
y de los intereses locales. Es una grandiosa y decisiva experiencia que 
se prosigue en América. Si ella tiene éxito, puede no desesperarse de 
la unión futura de los pueblos europeos. 

"Todos los hombres eminentes que han dirigido los negocios pú¬ 
blicos en América, han visto y proclamado que la salud de la sociedad, 
y el porvenir de la democracia, dependían de la difusión de la ins¬ 
trucción en todos los rangos sociales. Escuchemos las palabras que 
Washington dirigía al Congreso, el 8 de enero de 1790; "En todos los 
países la instrucción es la base más segura de la felicidad pública; pero 
en todos aquellos en que las medidas adoptadas para el gobierno de¬ 
pendan tanto, como en los Estados Unidos, de las ideas dominantes, 
la instrucción es indispensable. Ella contribuye a garantir de muchos 
modos una constitución libre: por una parte, dando a los que gobier¬ 
nan la convicción de que el fin del Gobierno no puede alcanzarse 
mejor que por la confianza ilustrada del pueblo, y enseñando, por la 
otra, al pueblo a discernir y estimar sus derechos, a distinguir entre 
la opresión y el ejercicio de una autoridad legítima, entre las cargas 
inicuas y las que exige el mantenimiento del estado social; a no con¬ 
fundir la libertad con la licencia, a amar la primera y detestar la se¬ 
gunda; en fin, a no separar de un inviolable respeto de las leyes, una 
firme y vigilante oposición contra todos los excesos del poder. 

"En su adiós dirigido al pueblo de los Estados Unidos, el 17 de 
setiembre de 1796, Washington decía: «Favoreced, como un objeto 
de primera necesidad, las instituciones que tengan por fin generalizar 
la difusión de la instrucción: cuanto más imperio da a la opinión 
pública la forma de gobierno, tanto más esencial es que la opinión 
pública sea ilustrada». Ya Guillermo Penn, el fundador del Estado que 
lleva su nombre, había dicho: «Lo que permite hacer una buena cons¬ 
titución es lo que la conserva: entiendo por esto, hombres que tengan 


La última guerra civil de Estados Unidos. 


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Bj@B5ffi^n^5555555S55ffi j 3E553SE55555jBjgjjK|53jE5j55K55E5ff5553B3 5 3^fflH rwTTffMmflLtum 

virtud e instrucción, cualidades que no se heredan con la sangre, sino 
que las generaciones sucesivas deben transmitirse, por medio de insti¬ 
tuciones, para las que no debe retrocederse ante ningún gastó, y a 
propósito de las que puede decirse que todo lo que se ahorra se pierde». 
De Franklin, de Madison, de Jefferson, de John Adams, de todos los 
hombres, cuyo nombre ha quedado grabado en la historia de los Esta¬ 
dos Unidos, pueden citarse palabras semejantes y que no eran vanos 
discursos. Toda su influencia se empleó sin cesar en favorecer el desa¬ 
rrollo de la instrucción pública. Ha resultado de aquí que el primer 
artículo del credo político de los americanos, y el más universalmente 
admitido, es éste: el deber más sagrado, y el más grande interés de 
la nación, es poner al alcance de todo niño el grado de instrucción 
que es indispensable para llenar los deberes del ciudadano. 

"En Europa ya no se niega la utilidad de la enseñanza popular, 
desde que recientes acontecimientos han venido a mostrar que ella es 
indispensable, aun en el ejército. Se elogian con gusto las ventajas que 
de ella resultan, pero se obra como si no se creyera nada de ello. (¿No 
sucede lo mismo entre nosotros?). En América, el primer servicio del 
Estado es la instrucción pública, y jamás los contribuyentes hesitan en 
votar los gastos que ella exige. Aquí, consideramos la enseñanza, sobre 
todo, como un interés privado, al que el padre de familia debe proveer; 
allí, se ve en ella un interés público, de primer orden, de que el Estado 
debe tener cuidado. La práctica de las instituciones republicanas exige 
que todo hombre, si es elector, sea al menos capaz de emitir un voto 
reflexivo y sensato. La educación universal es, pues, la condición del 
sufragio universal. ¿Cómo se mantendría la república teniendo por base 
la ignorancia y la inmoralidad? Los ciudadanos pueden ser alternati¬ 
vamente jurados, testigos, magistrados municipales, soldados: para llenar 
debidamente todas esas funciones cívicas cierta instrucción es necesaria, 
no sólo para el individuo, sino, aun, para la marcha regular de las 
instituciones libres. La instrucción de todos los ciudadanos siendo, pues, 
necesaria para la salud del Estado, es el Estado el que debe proveerla, 
pues la experiencia ha demostrado, de una manera irrefutable que los 
esfuerzos individuales, aún sostenidos por el sentimiento religioso o 
filantrópico, no bastan en este caso. 

"La escuela primaria, afirman los americanos, es la base y el 
cimiento de su poderosa república. Gratuita para todos, abierta a todos, 
recibiendo en sus bancos niños de todas las clases y de todos los cultos, 
hace olvidar las distinciones sociales, amortigua las animosidades reli¬ 
giosas, destruye las preocupaciones y las antipatías, e inspira, a cada 
uno, el amor de la patria común y el respeto de las instituciones libres: 
es una institución admirable y que explica el éxito de la democracia 
en Estados Unidos. Uno se asombra al ver las masas de extranjeros, 
que la inmigración les lleva cada año, absorbida en el acto por la 
nacionalidad americana. Es la escuela la que desde la primera genera¬ 
ción les imprime el sello de las costumbres nacionales, les comunica 
las ideas reinantes y, así, los hace capaces de ejercer los derechos del 
ciudadano. Sin la escuela, la Unión habría dejado de existir desde hace 
largo tiempo, destrozada por las facciones, sepultada por las olas de 
ignorancia que le envía sin cesar la Europa, la Irlanda sobre todo. 1 
Cálculos recientes muestran que, si toda la inmigración hubiera cesado 
desde 1810, la población libre de los Estados Unidos, en lugar de 
elevarse en enero de 1864 a 29:902.000, no habría alcanzado más 
que a 10 millones y medio, poco más o menos. Los inmigrantes y 
sus descendientes forman, pues, las dos terceras partes de la población. 
Es por la educación, que el núcleo primitivo, tan inferior en número 
a los elementos extranjeros, ha llegado a asimilárselos y a comunicarles 
las cualidades originales y fuertes, que distinguen a la antigua raza 
anglo-sajona y puritana. 

"¿Cuántas veces, durante la guerra civil, no se ha predicho que 
los Estados del Oeste iban a separarse de los de las costas del Atlántico, 
y que la California formaría también una república independiente, en 
las riberas del Pacífico? Y, en efecto, los amigos de la causa del Norte 


1 El mismo peligro nos amenaza, aun cuando pocos irlandeses lleguen a la Repú¬ 
blica, y nosotros no tenemos establecida la escuela que ha de salvarnos. ¿No la esta¬ 
bleceremos? 


320 ■ 


SI 









no han dejado de temerlo. Aquellos Estados lejanos habrían podido 
creer que era un medio cómodo de escapar al impuesto de sangre, 
y al pago de su parte en la deuda federal: ni siquiera han soñado 
hacerlo. Los maestros de escuela, venidos en gran número de la Nueva 
Inglaterra o animados de su espíritu, habían hecho germinar ya, en 
el corazón de aquellas poblaciones nuevas, el sentimiento de la unidad 
nacional, y la escuela ha sido el lazo sólido que ha conservado unidas 
todas las partes del gigantesco edificio. La Europa ha tenido ocasión 
de admirar la energía de esa joven nación, que, en cuatro años, ha 
sabido encontrar en sí misma, para la defensa de una causa justa, dos 
millones de soldados y nueve mil millones de patacones. Es una prueba 
inaudita de poder y de riqueza: pero lo que merece más el asombro 
y la estimación, es que ese mismo pueblo, obligado a sufrir mil im¬ 
puestos y mil trabas, él que no había conocido sino raros y ligeras, 
haya mantenido en el poder un gobierno que le había pedido aquellos 
sacrificios y que ni aún podía hacerse absolver por la victoria. Es el 
signo de una gran sabiduría y de una gran previsión, de que una 
nación ignorante hubiera sido incapaz. La escuela ha sido la salvación 
de la democracia americana”. 1 

Ese es el elocuente y halagador ejemplo que al norte de la Amé¬ 
rica nos ofrecen los Estados Unidos. ¿Cuál es el que, en sentido con¬ 
trario, nos ofrecen al sur del Nuevo Mundo las repúblicas sudameri¬ 
canas? No tenemos para qué empeñarnos en presentar el triste cuadro 
que ofrecemos y ofrecen nuestras hermanas de un mismo origen, vivien¬ 
do la vida enferma de la anarquía, de la preocupación, del más ver¬ 
gonzoso atraso: sin escuelas, sin gobierno, sin industria, sin agricul¬ 
tura, casi puede decirse sin trabajo: rezagados de la civilización que 
no alcanzarán, seguramente, a la humanidad en su marcha al progreso, 
si no se apresuran a dejar los viejos atavíos y a vestir el traje de la 
democracia y de la civilización verdaderas. Por lo que respecta a la 
República Oriental, al final de este libro presentamos el cuadro de su 
estado actual, respecto a educación, comparándolo con el de las nacio¬ 
nes más adelantadas. ¡Cuánta elocuencia tienen las cifras y cómo hablan 
al espíritu de todos aquellos que se preocupan del porvenir! 


CAPITULO EX 

LA EDUCACION OBLIGATORIA 


La intervención del poder público es indispensable para dar al 
pueblos los medios de instruirse. Así lo confirma el hecho constante 
de que, allí donde el poder público se ha abstenido de dar educación 
al pueblo, éste ha vegetado en la ignorancia. El esfuerzo individual, 
el de las corporaciones religiosas o filantrópicas, es impotente para 
obtener el resultado educacionista que es indispensable para la vida 
regular de las democracias. "No se citará, dice con perfecta exactitud 
Mr. Laveleye, un solo país en el que los individuos, aun agrupados 
en poderosas asociaciones, las iglesias establecidas o corporaciones, hayan 
conseguido abrir un número bastante de escuelas”. Es la acción con¬ 
junta del Estado y del individuo, concurriendo a un mismo fin, la 
única que produce los resultados que admiramos en Estados Unidos, 
en Alemania, en Suiza. 

Pero, ¿basta que el Estado tenga abierta la escuela para todos los 
niños, y dé a todos los medios de educarse, dejándolos en libertad de 
no hacerlo si sus padres o tutores son bastante abandonados, o bastante 
criminales, para privarlos de educación?, o por el contrario, ¿debe ser 
obligatoria la adquisición de aquellos conocimientos indispensables para 
el ejercicio de la ciudadanía? 

Así en el terreno de la teoría, como en el de la práctica, no faltan 
defensores a los dos sistemas encontrados. Por nuestra parte, creemos 


1 A. Laveleye. — L’lmtruciitn ¿u Ptupie. — Amériqut. 









que sólo un deplorable error, un mal entendido liberalismo y un des¬ 
conocimiento de los derechos del menor y de las conveniencias de la 
sociedad, pueden rechazar el principio de la instrucción obligatoria. 

La libertad del hombre, y sobre todo del hombre en sociedad, 
no es ilimitada. Desde que se reconoce que ciertas acciones son malas, 
forzoso es reconocer, como consecuencia, que nadie tiene el derecho 
de practicarlas. Así, la libertad propia tiene por límite insalvable la 
libertad ajena. Mientras que una acción no daña a nadie, o daña solo 
al que la practica, el individuo es libre de hacerla; pero cuando con 
ella causa perjuicio a otro, comete un abuso, que el poder público 
debe impedir, como encargado de garantir a todos los miembros de 
la comunidad, el pleno goce de su libertad y su derecho. Todo el que 
comete un acto injusto o perjudicial cae bajo la acción de la justicia: 
el poder público, reprime el abuso, ya que no lo prevenga. 

Y estos principios, que sirven de base a la sociedad, son aplica¬ 

bles lo mismo a la educación de los niños, que a todos los actos del 
hombre. Si el Estado exige ciertas condiciones para el ejercicio de la 
ciudadanía, que sólo pueden adquirirse por medio de la educación, el 
padre que priva a su hijo de esa educación, comete un abuso, que 
el poder público debe reprimir, por una parte, en defensa de los dere¬ 
chos del menor, que son desconocidos, por la otra en salvaguardia de 
la sociedad que es atacada en sus fundamentos, con la conservación y 
propagación de la ignorancia”. 

Nadie niega al Estado la facultad de obligar a los padres y tutores 

a dar al niño el alimento necesario para el desarrollo de su parte 

física. ¿Cómo, entonces, puede negársele la facultad de obligarlos igual¬ 
mente a que les den, o al menos no les priven, del alimento intelec¬ 
tual que necesitan para el desarrollo de su ser espiritual? 

No quiere decir esto, sin embargo, que el Estado pueda imponer 
al padre la clase de alimento, físico o intelectual, que debe dar al 
niño; no: lo que puede y debe exigir es que lo nutra conveniente¬ 
mente, en su doble naturaleza física y moral. 

El Congreso Internacional de Beneficencia reunido en Francfort 
en 1857, consagró ese principio en los términos siguientes: "La ins¬ 
trucción elemental, la que es indispensable a todos, debe ser obliga¬ 
toria, en el sentido de que ningún padre o tutor puede abstenerse 
de hacer participar a su hijo o a su pupilo, de los beneficios que ella 
ofrece, conservando, sin embargo, la plena y entera libertad de esco¬ 
ger el modo de enseñanza, la escuela y el instructor que juzgue 
conveniente”. 

El doctor Stubenrauch, miembro informante de la Segunda Sec¬ 
ción, justificaba del modo siguiente el principio que el Congreso aca¬ 
baba de votar unánimemente: 

"A primera vista podría encontrarse una especie de contradicción 
entre la proclamación, por una parte, del principio de la instrucción 
obligatoria y, por la otra, del principio de la libertad de enseñanza: 
pero esta contradicción no es más que aparente: se resuelve en defi¬ 
nitiva, por una armonía de las más completas. Reconocemos, en efecto, 
la libertad individual del hombre; pero esa libertad tiene sus límites: 
es el interés social, es la ley la que debe regular su ejercicio, dando 
su alta sanción a las obligaciones que tienen su origen en los pre¬ 
ceptos de la religión y la moral. 

"La libertad del padre o del tutor, y su derecho sobre el hijo O 
el pupilo, no alcanza hasta el abuso de ese derecho: hasta exonerarlos 
de las obligaciones que les corresponden. El niño tiene también, por 
su parte, un derecho no menos sagrado: el de ser admitido a los bene¬ 
ficios de una educación conforme a su destino. Es, seguramente, al 
padre o al tutor que pertenece el proteger el ejercicio de ese derecho 
del niño; pero, bajo este aspecto, el Estado tiene, igualmente una tutela 
que ejercer. Debe velar para que los padres no desconozcan sus obliga¬ 
ciones; debe ayudarlos, y si es necesario, obligarlos a hacer lo que 
exige el bienestar futuro de sus hijos. Estos no están en estado de 
protegerse a sí mismos contra los resultados de la imprevisión, de la 
mala voluntad, o de la ceguedad de sus padres. ¿Dónde irían a refu¬ 
giarse, si el Estado no les tendiese una mano protectora? 















"Pero aquí no sólo está en juego el interés de los hijos: hay 
también el interés de la sociedad que exige, imperiosamente, que se 
agote, en cuanto sea posible, la fuente de los vicios, de la miseria y 
de los crímenes , que llevan el desorden a su seno. Y esta fuente es, 
ante todo, la ignorancia y la falta de educación; se recoge lo que se 
siembra; y si se tolera, bajo pretexto de los derechos de la autoridad 
paterna, la especie de homicidio moral de que los malos padres se 
hacen responsables respecto a sus hijos, uno debe resignarse, para siem¬ 
pre, a ver crecer el número de los pobres, de los mendigos, de los vaga¬ 
bundos y de los criminales. Así, bajo este aspecto aun la intervención 
del Estado está perfectamente justificada. Ella se resume en el derecho 
de impedir el abuso, de proteger los intereses legítimos. Es en este 
sentido que la instrucción debe ser obligatoria. Pero, dados esos lími¬ 
tes, la libertad recobra sus derechos y quiere que el padre de familia 
tenga la elección del modo de enseñanza, de la escuela, y del preceptor 
que juzgue más conveniente". 1 

Mr. Rendu, en el informe que dirigió al Gobierno francés en 
1853, se expresa, poco más o menos, en los mismos términos: 

"Que el padre mismo dé la educación en la familia, dice; que 
confíe su hijo a la escuela pública, a la escuela de sus hermanos, o a 
la escuela laica, que escoja la escuela privada, no es solo soberano, sino 
independiente, en el desempeño de una misión que no recibe de 
la ley, sino de Dios; en el desempeño de esa misión no reconoce, 
y el Estado mismo no le reconoce, más que un juez, su conciencia. 

"Pero que el padre desene su rol natural, que olvide la práctica 
de sus primeros deberes, la sociedad, por el órgano de sus represen¬ 
tantes, interviene para salvaguardar en el alma del niño las condiciones 
de la vida moral. La sociedad, obsérvese bien, obra entonces en nom¬ 
bre de un doble derecho: en nombre del débil que toma bajo su tutela: 
en nombre de su propio derecho, puesto que se trata de uno de sus 
miembros. ¿Dónde está la opresión, dónde el abuso de fuerza?; y ¿esta 
intervención del poder público no es el mejor homenaje que puede 
prestarse, en una sociedad cristiana, a la dignidad del alma humana?" 

Encarando la cuestión, exclusivamente, desde el punto de vista de 
las conveniencias y los derechos del Estado, Macaulay decía, en la Cᬠ
mara de los Comunes de Inglaterra, en 1847: "Todos reconocen que 
el deber más sagrado de un gobierno es tomar medidas eficaces para 
garantir las personas y las propiedades de la comunidad, y que el go¬ 
bierno que descuida ese deber es incapaz. Admitido esto, yo pregunto: 
¿puede negarse que la educación del pueblo es el medio más eficaz 
de proteger las personas y la propiedad?... Dejad a un lado la edu¬ 
cación, y ¿cuáles son nuestros medios? La fuerza militar, las prisiones, 
las celdas solitarias, las colonias de criminales, el cadalso, —todos los 
otros aparatos de las leyes penales. Si, pues, hay un fin que el gobierno 
se propone alcanzar—, si solo hay dos caminos para alcanzarlo, — si 
uno es elevando el carácter moral e intelectual del pueblo, el otro infli¬ 
giéndole castigos, ¿quién puede dudar de cuál es el camino que todo 
gobierno debiera tomar? Me parece que no puede haber una propo¬ 
sición más extraña que ésta: el Estado debe tener el poder de castigar, 
está obligado a castigar a los súbditos por no conocer su deber; pero 
al mismo tiempo, no puede tomar medidas para hacerles saber cuál es 
ese deber". 

Muchas páginas tendríamos que llenar si fuésemos a citar las opi¬ 
niones de todos aquellos que sostienen la legitimidad y la conveniencia 
de la instrucción obligatoria. Aún cuando este principio no está en 
vigencia en muchas naciones, puede decirse, sin embargo, que el dere¬ 
cho a la ignorancia es universalmente desconocido, pues que, como 
sucede entre nosotros, el sufragio no alcanza a los que no saben leer 
y escribir. La ignorancia no es un derecho, es un abuso. 

Obsérvese, sin embargo, cuán monstruoso es el hecho que se pro¬ 
duce en todos los pueblos que, como la República Oriental, sin tener 
establecida la instrucción obligatoria, suspenden al ignorante en el ejer¬ 
cicio de la ciudadanía. Es un principio universalmente admitido que 
la pena sólo debe aplicarse al que cometa la culpa; y sin embargo, en 


1 L’lnstruction du Peuple. 


323 











este caso, el culpable es el padre o el tutor que deja sin educación al 
niño, y el castigado, el suspendido en la ciudadanía es el que ha sido 
víctima de la ignorancia, del abandono, o de la torpeza de sus padres. 

En el terreno de la práctica, los resultados de la instrucción obli¬ 
gatoria no pueden ser más satisfactorios, mientras que dejan mucho que 
desear los esfuerzos hechos en pro de la educación, allí donde aquélla 
no se halla establecida. La instrucción no está generalmente esparcida 
sino en los países en donde existe la instrucción obligatoria, ha dicho 
Mr. Cousin, y los hechos han constatado esta verdad, con la sola ex¬ 
cepción de los Estados Unidos y Holanda. En Alemania, en Suiza, en 
Suecia, en Noruega, en Dinamarca, que la tienen establecida desde hace 
algún tiempo, la ignorancia ha sido proscrita; en tanto que en Francia, 
en Inglaterra, en Italia, en España, en Rusia, el número de los igno¬ 
rantes tiene proporciones aterradoras, aún en las primeras de esas na¬ 
ciones que, tanto tiempo hace, marchan a la cabeza del mundo, por 
su poder y por su influencia. Sin embargo, el ejemplo de la Alemania 
y de la Suiza ha dado va los resultados que eran de esperarse, y hoy, 
según Mr. Laveleye, la instrucción obligatoria ha sido introducida en 
todos los países de Europa, salvo Rusia, Bélgica y Holanda. En Estados 
Unidos, desde que la necesidad se ha hecho sentir, dos Estados la han 
adoptado: Massachusetts y Connecticut, y por todas partes es reclamada. 
En Inglaterra, la última ley escolar de 1870 ha autorizado a los comi¬ 
tés escolares a establecerla. Ya se ha hecho en Londres y muchas otras 
ciudades, varias colonias inglesas, la Nueva Zelandia, la isla Mauricio, 
habían hecho lo mismo’*. 

Los Estados Unidos se encuentran, con respecto a educación, en 
una situación excepcional en el mundo. Son conocidos los inauditos es¬ 
fuerzos hechos por el pueblo norteamericano en favor de la educación, 
realizándose allí el consorcio armónico de los poderes públicos y la 
acción individual, para alcanzar el gran fin de hacer que no haya un 
solo habitante de la Unión que no sea educado. Y, sin embargo, véanse 
las observaciones que constata el mismo Mr. Laveleye apoyándose en 
autoridades irrecusables, como son las de Mr. Eaton, H. Barnard, etc.: 

"¿Los americanos obtienen resultados proporcionados, dice, a los 
inmensos sacrificios que se imponen para la enseñanza, con una libera¬ 
lidad sin cesar creciente? No lo creen: según ellos, hay mucho que 
hacer y que reformar, antes de que se alcance el fin. El primer mal 
señalado es lo que llaman el ausentismo, es decir, el número conside¬ 
rable de niños, en edad de escuela, que no reciben ninguna instrucción. 
Se afirmaba antes que entre los ciudadanos de la Unión, de descen¬ 
dencia americana, no se encontraba uno que no supiese leer y escribir. 
En efecto, el yankee apreciaba demasiado bien la utilidad de la ins¬ 
trucción para privar de ella a sus hijos; pero los irlandeses pobres, que 
llegan cada año, por centenas de miles, no experimentan la necesidad 
de instruirse, precisamente porque son mtrv ignorantes, y, en ítíliP 1 
cuencia, cada año el ausentismo toma proporciones más alarmantes... 
El ausentismo y la irregularidad en la frecuentación, constituyen un 
peligro no menos grave, al que los americanos están dispuestos a poner 
término. Todos los hombres competentes se pronuncian, con una ener¬ 
gía creciente, en favor de la enseñanza obligatoria. «Todo nuestro siste¬ 
ma de escuelas gratuitas, dice el Superintendente de Escuelas de Ohio, 
tiene por base el principio de que las instituciones republicanas y la 
libertad no pueden durar sino por la instrucción universal. Si para 
sostener nuestras escuelas no dudamos en hacer caer sobre nuestros 
contribuyentes pesados impuestos, es porque estamos convencidos de 
que, la seguridad del Estado, y la estabilidad del orden social, dependen 
de la difusión general de las luces y de las virtudes, frutos de una buena 
educación. La gratuidad es el medio: pero si ese medio no consigue 
el fin, estamos obligados a tomar medidas, para que ese fin se alcance, 
de modo que el dinero no se gaste inútilmente. Si tomamos el dinero 
de los ciudadanos, para instruir todos los niños, es necesario que todos 
reciban instrucción; de otro modo, no se justificarían los impuestos que 
levantamos». «Es simplemente una cuestión de defensa social, dice el 
Superintendente de Rhode-Island. Preguntáis lo que haréis de los igno¬ 
rantes: yo os pregunto lo que ellos harán de nosotros. Si tenemos el 









^iiiiiiiiiiiiiiiiuiLiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii'imifTTiriniiifir|jiinuniji'mmmii i iiiiiiiiiiiii l iiiiiiiiiiiiiiiiiii^uuiiiiiiuiiiiiiliii ^^m 

derecho de enviar un hombre a la horca, con más razón tenemos el 
derecho de enviar un niño a la escuela. El número de los jóvenes cri¬ 
minales aumenta más rápidamente que nuestra riqueza. Es necesario 
secar esa fuente de desorden que amenaza nuestro porvenir. Si no que¬ 
réis forzar a todos los padres a instruir a sus hijos, preparaos a agran¬ 
dar vuestras prisiones». . . Mr. Barnard constata, con un legítimo or¬ 
gullo, que, en cifras redondas, los Estados Unidos cuentan 8:000.000 
de alumnos de 38:000.000 de habitantes y 300.000 maestros, lo que 
hace 13 maestros por cada 1.000 habitantes, un maestro para cada 
16 alumnos y 21 alumnos por cada 100 habitantes; pero no oculta 
que hay 3 millones de iletrados, de los cuales 1:346.200 blancos. Lo 
que es afligente, sobre todo, es que la ignorancia crece. Así en el New 
Hampshire se contaban en 1840 cerca de 1.000 adultos de raza blanca 
iletrados, en 1870 se han encontrado 7.591. En Maine el número se 
ha elevado de 3.000 a 13.291; en Pennsylvania de 13-000 a 177.611: 
en Nueva York de 47.000 a 189-943; en el Tennessee, Estado del Sur, 
de 62.000 a 106.538. La ignorancia se ha desarrollado, pues, más 
rápidamente que la población, a pesar de los gastos enormes hechos 
para combatirla. Estos temibles progresos del mal prueban que no basta 
consagrar millones, sin contar, para la fundación de escuelas. Es nece¬ 
sario, también, obligar a los padres de familia a instruir a sus hijos. 
La experiencia de los Estados Unidos es el más poderoso argumento 
en favor de la instrucción obligatoria. — ¿Pero esta medida no ataca la 
autoridad paterna? No, se contesta: el padre que no puede dejar morir 
de hambre a sus hijos, menos puede privar su espíritu del alimento 
espiritual que le es indispensable para cumplir su destino, y para no 
turbar el orden social. «El padre, dice el Superintendente de Connecticut, 
que para aprovechar el trabajo de sus hijos los priva de instrucción, 
comete un delito que la ley debe reprimir; roba a sus hijos arrebatán¬ 
doles los medios de desarrollarse, y roba al Estado privándole del 
poder, de la riqueza, de la seguridad, que traen consigo los ciudadanos 
inteligentes, virtuosos e instruidos». La opinión se forma rápidamente 
en América, y bien pronto la instrucción obligatoria será decretada por 
todos los Estados. Existe ya en Massachusetts y Connecticut, y entre 
los antiguos Estados esclavócratas, las dos Carolinas acaban de inscribir 
el principio en su nueva Constitución”. * 

Así la doctrina de la instrucción obligatoria hace rápidos progresos 
en todo el mundo, apoyada por el doble poder de la razón y de la 
experiencia, de la teoría y de la práctica. Toca a los hombres de Estado 
de la República Oriental, hacer que no continuemos por más tiempo 
rezagados en la marcha del progreso, y, encarando esta gran cuestión 
en todas sus múltiples y variadas fases, aceptar el ejemplo de otros 
países, para responder a las exigencias de la democracia, de la república 
y de la civilización. 


CAPITULO X 

LA EDUCACION GRATUITA 

No hay para qué discutir largamente la cuestión de la gratuidad 
de la educación pública, ya que, entre nosotros, es un principio gene¬ 
ralmente reconocido y convertido en ley. Las escuelas públicas, soste¬ 
nidas por el Estado, en la República Oriental, son todas gratuitas: a 
este respecto estamos, pues, en el buen terreno. 

Aun cuando parece natural que lo fuese, no es consecuencia for¬ 
zosa de la instrucción obligatoria la gratuidad de la enseñanza; ai 
menos en la práctica, algunos países que tienen establecida aquélla 
obligan a los niños a abonar una cuota, más o menos fuerte, por la 
asistencia a la escuela. En Estados Unidos, en algunos Estados, Connec¬ 
ticut, Nueva York, Michigan, Nueva Jersey, se exigía una retribución 
escolar, que en los últimos años ha sido suprimida. En Alemania y en 
Suiza, a pesar de estar establecida la instrucción obligatoria, se exigía 
retribución escolar. Sin embargo, aumenta cada día el número de Estados 


325 






que adoptan el principio de la educación pública gratuita. En Italia, en 
Dinamarca, en Portugal, en varios de los cantones suizos, se ha esta¬ 
blecido la gratuidad de la enseñanza; la España misma, por un artículo 
de la Constitución del 69 suprimió la retribución escolar, y la Prusia 
ha hecho lo mismo en su Constitución actual. 

Por lo demás, la cuestión de la enseñanza gratuita se resuelve 
fácilmente. ¿Es necesario, para la conservación del orden social y para 
el juego armónico de las instituciones, la difusión universal de la ense¬ 
ñanza, en las sociedades democráticas y en los países republicanos? 
¿Es necesario educar al ciudadano para que pueda desempeñar su$ 
deberes y hacer un uso consciente de su derecho? ¿La educación hace 
desaparecer las causas del malestar de la sociedad, aminora la miseria, 
los crímenes y los vicios? Si se contesta afirmativamente a estas pre¬ 
guntas, habrá de reconocerse que la educación como el ejército, como 
la policía, como la justicia, es un servicio de utilidad pública, que 
debe ser pagado por la nación; y, a nuestro modo de ver, esto se hace 
más evidente cuando prevalece el principio de la instrucción obligatoria. 
El Estado exige de todos los ciudadanos la posesión de ciertos conoci¬ 
mientos, necesarios para el desempeño de la ciudadanía, y, respondiendo 
a esa exigencia, ofrece, gratuitamente, a todos, los medios de educarse. 
Así, el Estado, junto con la obligación pone el medio de cumplirla: 
con la instrucción obligatoria, la escuela gratuita. 

Si bajo el punto de vista social así se justifica y se explica la 
gratuidad de la enseñanza, bajo el punto de vista de la vida democrᬠ
tica ella tiene una importancia trascendental, que da a esa condición 
de que la escuela sea gratuita a la vez que obligatoria, el carácter 
imperativo de una necesidad. 

Para que el sentimiento de la igualdad democrática se robustezca 
en el pueblo, no basta decretarla en las leyes: es necesario hacer que 
penetre en las costumbres, que viva, como incontestable verdad, en el 
espíritu de todos: que oponga a la tendencia natural de las clases a 
separarse, a las aspiraciones de la posición y de la fortuna a crearse, 
una forma especial, la barrera insalvable del hábito contraído y de la 
creencia arraigada. Sólo la escuela gratuita puede desempeñar con éxito 
esa función igualitaria, indispensable para la vida reeular de las demo¬ 
cracias. 

"Gratuita para todos, abierta a todos, recibiendo en sus bancos 
niños de todas las clases y de todos los cultos, hace olvidar las di¬ 
sensiones sociales, amortigua las animosidades religiosas, destruye las 
preocupaciones y las antipatías, e inspira a cada uno el amor de la 
patria común y el respeto por las instituciones libres". Así, en la prác¬ 
tica diaria de la vida escolar, se forman el carácter y los hábitos 
del futuro ciudadano, acostumbrándolo a no pagar tributo a las preocu¬ 
paciones, y a las costumbres malas, que crean y perpetúan las clases, 
las razas, las aristocracias, en todas sus variadas formas. 

Los que una vez se han encontrado juntos en los bancos de una 
escuela, en la que eran iguales, a la que concurrían usando de un 
mismo derecho, se acostumbran fácilmente a considerarse iguales, a no 
reconocer más diferencias que las que resultan de las aptitudes y las 
virtudes de cada uno: y así, la escuela gratuita es el más poderoso 
instrumento para la práctica de la igualdad democrática. 


CAPITULO XI 

LA ENSEÑANZA DOGMATICA 

Si en las consideraciones anteriores hemos conseguido dar forma 
precisa a nuestro pensamiento, dejamos demostrado que la educación 
se propone desarrollar en el individuo las fuerzas físicas, morales e 
intelectuales, en el sentido de la mayor facilidad y del mayor bien 
posibles; y, encarando esta cuestión desde un punto de vista menos 
abstracto, circunscribiéndola a los límites en que forzosamente tiene 
que encerrarse la escuela, hemos demostrado que, en los países demo- 


326 








n' l^ir ri ' i r^ iiW r i T n i i 


oráticos y republicanos, la escuela debe proponerse dotar al ciudadano, 
cuando menos con los conocimientos indispensables para el uso cons¬ 
ciente de sus derechos y la práctica razonada de sus deberes: teniendo 
el Estado, como medio para conseguir ese fin supremo, la instrucción 
obligatoria y gratuita. 

Dadas estas bases, vamos a ocuparnos, con algún detenimiento, 
de una cuestión que interesa vivamente a la organización y el éxito de 
la escuela, y con la que se relacionan estrechamente los intereses del 
individuo y los de la sociedad. 

¿En la escuela, la educación moral debe separarse de la enseñanza 
de las religiones positivas, o, por el contrario, debe la educación general 
del individuo tener por base la enseñanza dogmática? Ninguna cues¬ 
tión ha sido más debatida que ésta, en los últimos tiempos, ni ninguna 
ha preocupado más hondamente los espíritus. Cuando se trata, consi¬ 
derándola con respecto a las escuelas establecidas por una comunidad 
religiosa, ella no ofrece dificultad alguna: la religión positiva que 
profesan los miembros de la comunidad debe enseñarse en la escuela, 
cuyo fin primordial, en este caso, es servir el fin religioso que la 
comunidad se propone. 

Pero la cuestión varía de aspecto, cuando se trata de la escuela 
pública, abierta a los niños de todas las creencias, y encargada de per¬ 
seguir no un fin religioso, sino un fin social. A nuestro modo de ver, 
la única solución justa, y conveniente a la vez, que puede dársele, es la 
que han adoptado los países que, como la Holanda y los Estados Unidos, 
han establecido la escuela laica. Esta es completamente moderna: apenas 
si su establecimiento remonta a principios de este siglo, en que la 
Holanda dio el ejemplo de esa que ha sido calificada por el célebre 
historiador norteamericano M. Bancroft, como una de las más grandes 
conquistas de nuestra época. 

La escuela laica responde fielmente al principio de la separación 
de la Iglesia y del Estado. 

Desde que vamos a sostener la justicia y la conveniencia de no 
enseñar en las escuelas públicas, o mejor dicho, de no enseñar en la 
escuela, los dogmas de una religión positiva cualquiera, empecemos por 
rechazar el cargo injusto que nos dirigen los adversarios de esa doc¬ 
trina, diciendo que, los que así piensan, quieren el establecimiento de 
la escuela antirreligiosa. No: como dicen los americanos es un sectarian 
pero no godless: no pertenece exclusivamente a ninguna secta y, por 
la misma razón, no es atea, ya que el ateísmo es también una doctrina 
religiosa, por más absurda que pueda considerarse. 

Dos razones, igualmente poderosas, aconsejan la supresión en la 
escuela de la enseñanza dogmática. En primer lugar, el Estado es una 
institución política y no una institución religiosa. Apoyándose en los 
principios generales de la moral, tiene por función garantizar las per¬ 
sonas y las propiedades, asegurando el reino de la justicia, y no debe 
favorecer una comunidad religiosa determinada, con perjuicio de las 
otras que pueden ser profesadas por algunos miembros de la comu¬ 
nidad. La escuela, establecida por el Estado laico, debe ser laica como él. 

Para el sostenimiento de la escuela gratuita concurren todos los 
ciudadanos, cualesquiera que sean sus creencias religiosas, ya que a 
todos alcanza el impuesto, creado con ese fin: dada la instrucción obli¬ 
gatoria, todos los padres están en el deber de educar a sus hijos, o 
de enviarlos a la escuela pública, sin que se tomen en cuenta las opi¬ 
niones religiosas del padre para el cumplimiento de esa obligación 
impuesta en nombre de las conveniencias individuales del niño y de 
las conveniencias generales de la sociedad. La educación, que da y exige 
el Estado, no tiene por fin afiliar al niño en ésta o en aquella comu¬ 
nión religiosa, sino prepararlo convenientemente, para la vida del ciu¬ 
dadano. Para esto, necesita conocer, sin duda, los principios morales 
que sirven de fundamento a la sociedad, pero no los dogmas de una 
religión determinada, puesto que, respetando la libertad de conciencia, 
como una de las más importantes manifestaciones de la libertad indi¬ 
vidual, se reconoce en el ciudadano el derecho de profesar las creencias 
que juzgue verdaderas. Sucede lo mismo con respecto a la política: la 
escuela no se propone enrolar a los niños en éste o aqu^l de los par- 


m 


327 










tidos, sino que les da los conocimientos necesarios para juzgar por sí 
y alistarse voluntariamente en las filas que conceptúen defensoras de 
lo justo, de lo bueno. 

Aceptando la enseñanza dogmática en la escuela, la primera grave 
dificultad que se presenta es ésta: ¿Qué se hace con los niños cuyos 
padres pertenecen a otras comunidades religiosas que la dominante? 
¿Se les excluye de la escuela, y, en consecuencia, se les obliga a con¬ 
servarse en la ignorancia, privándolos así, por ministerio de la ley, 
de la herencia de sabiduría que corresponde a todos los hombres, ata¬ 
cando el derecho sagrado del menor, y creando una amenaza constante 
para el orden social con la propagación de la ignorancia? ¿O bien se 
obliga al niño a concurrir a la escuela, y a recibir en ella una instruc¬ 
ción religiosa contraria a las creencias de sus padres, violando así la 
libertad de conciencia? En ambos casos la solución es contraria a los 
principios de la democracia y a los fines de la sociedad. Allí donde las 
creencias religiosas se imponen, por medio de la fuerza, donde se mutila 
la conciencia, privándola de su augusta libertad de juzgar y decidir por 
sí misma, la democracia es imposible y el orden social se encuentra 
alterado fundamentalmente. Para las sociedades modernas es ya un 
principio indiscutible que la imposición, la fuerza, sólo crean institu¬ 
ciones de vida efímera: no son estables y permanentes sino las insti¬ 
tuciones que tienen por base el respeto de la personalidad humana, 
en su triple naturaleza física, intelectual y moral. 

Así, pues, la enseñanza dogmática en la escuela sólo es posible,- 
por una parte, en los pueblos que creen aún en el imperio de la fuerza, 
en las naciones monárquicas, que buscan en la enseñanza dogmática, 
impuesta, un auxiliar para los gobiernos que no tienen por base el 
reconocimiento de la igualdad y de la libertad humanas; y por la otra, 
para las naciones en que los habitantes profesan una misma creencia 
religiosa. No tenemos para qué colocarnos en el primer caso: son ciegos, 
o quieren serlo, los que en la sociedad moderna no ven avanzar la 
democracia y la república con una marcha, que podrá ser ocasional y 
aisladamente retardada, pero que nada puede detener por completo. 
El segundo caso, por más que sea el que se invoca para sostener la 
enseñanza dogmática en la escuela de los pueblos católicos, el segundo 
caso, es inadmisible. La unidad absoluta sólo es posible en la absoluta 
ignorancia o baje el brazo de hierro de la tiranía. Allí donde, en sus 
varios modos de acción, la naturaleza humana pueda manifestarse libre¬ 
mente, habrá siempre opiniones y creencias encontradas, ya que el 
espíritu humano, en cada individuo, halla en su libertad y en su fali¬ 
bilidad, causas eficientes para apreciar de diverso modo la verdad, así 
en la alta esfera de las creencias religiosas como en el campo, más 
reducido, de los hechos que se producen en torno nuestro. A esta verdad, 
que se deduce de la observación de la naturaleza humana, le prestan su 
elocuente sanción los hechos que se producen en la práctica en todas 
las sociedades. Hay más ideas encontradas, más diversidad de creen¬ 
cias, mas tumultos de opiniones, a medida que se eleva el nivel 
moral e intelectual de la sociedad, que las naciones se alejan de la 
ignorancia, y aumenta el caudal de su sabiduría. La unidad monástica 
no cabe ni se encuentra sino bajo la tiranía teocrática o bajo la igno¬ 
rancia salvaje de los pueblos primitivos. 

Si de la consideración general de este principio llegamos a su 
aplicación práctica a la República, veremos que, entre nosotros, es aún 
menos admisible la doctrina de la enseñanza dogmática en la escuela. 
Las repúblicas sudamericanas, al norte y al sur del Ecuador, crecen y 
se engrandecen, como la antigua Roma, recibiendo en su seno a ciuda¬ 
danos de todos los países, a sectarios de todas las creencias. Las cifras 
que citamos anteriormente demuestran que, en Estados Unidos, los inmi¬ 
grantes y sus descendientes representan las dos terceras partes de su 
población actual. Seguros estamos, de que la estadística constataría en 
la República Oriental cifras y resultados iguales. Y bien, ¿cuáles son 
las creencias religiosas, a qué comunidad, a qué secta pertenecen, esas 
dos terceras partes de la población de la República, que no forman el 
núcleo primitivo? No es fácil decirlo; pero a menos de negar la evi¬ 
dencia, nadie desconocerá que hay en nuestra población una no pequeña 


328 








parte de habitantes que no profesan la religión dominante en el país. 
Dad instrucción católica en la escuela, imponed la enseñanza dogmᬠ
tica, y ¿qué haréis de todos los protestantes, venidos al país, o nacidos 
en él, que hay en la República? La cuestión es perentoria: el problema 
exige una solución inmediata. Millares de inmigrantes, no católicos, nos 
llegan todos los años, de Inglaterra, de Francia, de Alemania, de todos 
los países donde domina el protestantismo. ¿Qué. haremos con ellos y 
con sus hijos si persistimos en imponer en las escuelas la enseñanza 
de la religión católica? 

Por otra parte, seamos consecuentes con las premisas que se esta¬ 
blecen, y veamos cuáles deben ser las consecuencias naturales de la 
aceptación del principio que establece la enseñanza dogmática en las 
escuelas, al menos una vez que se trate de una educación verdadera, que 
haga algo más que hacer repetir a los niños, como papagallos, las 
palabras del Catecismo. 

O bien todos los maestros deben ser sacerdotes, la educación debe 
estar exclusivamente en manos del clero, o bien el instructor laico debe 
ser reconocido como capaz de enseñar el dogma. ¿Quién reconocerá 
esa capacidad? ¿La autoridad civil, por el órgano del ministro del ramo, 
de la municipalidad, del inspector? Seguramente no, puesto que son 
incompetentes en materias dogmáticas: es, pues, necesario dejar el reco¬ 
nocimiento de la capacidad del maestro a la Iglesia, lo que, en último 
resultado, importa dejarle la dirección suprema de la enseñanza. 

Efectivamente, desde que en la escuela se enseñe el dogma, y desde 
que la pureza de éste sólo puede ser reconocida por la Iglesia, ésta 
debe tener la facultad de no aceptar al maestro sino cuando ella lo 
conceptúe competente: y, en consecuencia, de rechazarlo o destituirlo 
cuando juzgue que falsea el dogma al enseñarlo. Además, desde que la 
enseñanza dogmática deba darse bajo la dirección del clero, éste tiene 
que poseer la facultad de inspeccionar la escuela, para verificar si el 
maestro es ortodoxo en la enseñanza dogmática. Así, pues, la enseñanza 
dogmática en la escuela, trae aparejada la necesidad de dejar al clero 
la designación del maestro y de conferirle el derecho de inspeccionar 
la escuela, o, lo que es lo mismo, entregarle la dirección suprema de 
la enseñanza, puesto que la conservación del maestro y de la escuela 
dependen de su voluntad. Ahora bien: entregar al clero la dirección 
de la enseñanza, ¿no importa entregarle la dirección y el gobierno de 
la sociedad? En el dominio de la política, de la ciencia, del arte, ¿no 
estará todo sometido al dogma, puesto que, en definitiva, el conoci¬ 
miento de éste es el fin supremo a que aspira la Iglesia? 

Así, el desconocimiento de la libertad de conciencia o la conde¬ 
nación a la ignorancia de los disidentes, es el primer mal de la ense¬ 
ñanza dogmática en la escuela: el sometimiento del Estado a la Iglesia 
es el segundo. 

Y no es esto solo; bajo el punto de vista educacionista una graví¬ 
sima dificultad se presenta: "¿En qué relación está la capacidad de los 
maestros con los arduos deberes de una enseñanza dogmática? ¿Puede 
exigirse de ellos que posean las ciencias sagradas con toda la profun¬ 
didad requerida para poner sus principios sublimes al alcance de los 
niños, sin vacilar ante ninguna curiosidad infantil, sin que duda alguna 
los encuentre desprevenidos?” 1 

"El dogma es una materia difícil, obscura, en que el menor error 
conduce bien pronto a herejías condenadas por Roma y los Concilios. 
La palabra del que lo explica debe ser el eco fiel de las interpretaciones 
de la Iglesia; y ese laico a quien encargáis de enseñar la religión 
¿conoce esas cuestiones arduas, en que las luces naturales, de la razón 
no iluminan el espíritu? ¿Ha atravesado el largo noviciado del semi¬ 
nario para atreverse a ser el intérprete de la revelación? ¿Comprende 
siquiera los términos de que se sirve, y no hay que temer que turbe la 
inteligencia del niño con sus obscuridades, sus malentendidos, su igno¬ 
rancia? Si uno se contenta, como sucede ahora, con hacer recitar de 
memoria las palabras del Catecismo, ¿puede decirse que sea ésta una 
enseñanza capaz de desarrollar los sentimientos morales y religiosos? 
¿Este mero ejercicio de la memoria puede dar por resultado ensanchar 


1 J. M. Estrada — Educación común en Buenos Aires. 


329 










la inteligencia y mejorar las costumbres? Y si el instructor agrega algu¬ 
nas explicaciones, ¿es probable que hablando de esos misterios, en que 
se turba aun el espíritu del sacerdote, pueda evitar el darlas erróneas, 
o peligrosas?”. 1 

¿Es bastante robusta la inteligencia de los niños para poder abor¬ 
dar, sin turbarse y sin caer desmayada, todas las arduas cuestiones que 
entraña el conocimiento del dogma? ¿Es posible aliar en la escuela, la 
enseñanza objetiva, que debe servir de base a todo sistema racional de 
educación, con la enseñanza, esencialmente subjetiva, del dogma revelado? 

En esas condiciones el problema es insoluble: bajo distinta forma 
es el mismo que entraña la unidad de lá Iglesia y del Estado. En su 
aplicación a la organización política, el problema ha sido resuelto ya, 
por casi todas las naciones modernas, con la separación de la Iglesia 
y del Estado: forzoso es aplicar la misma solución a la enseñanza, a 
la escuela. 

En la práctica, los resultados obtenidos por los pueblos que han 
aceptado el principio de la escuela laica, no pueden ser más satisfacto¬ 
rios, no sólo bajo el punto de vista de la educación, sino aun bajo el 
punto de vista religioso. 

Los Estados Unidos, el Alto Canadá, la Holanda, son acaso los 
pueblos en que más hondamente arraigada está la religión en las almas, 
en que ejerce mayor influencia, y en que con más actividad concurre 
a la moralización de la vida nacional. Bajo el punto de vista de la edu¬ 
cación, en Estados Unidos, hemos citado ya las cifras elocuentes que 
nos hacen saber hasta dónde alcanzan sus beneficios: bajo el punto de 
vista religioso, en un pueblo que tiene establecida desde hace tiempo 
la escuela laica, "27 sectas religiosas, de todas las denominaciones, for¬ 
mando 72.459 asociaciones, proclaman y sostienen sus creencias en 
63.082 templos, en los que hay nada menos de 21:665.062 sillas para 
los fieles”. 2 Compárense esos resultados educacionistas y religiosos, con 
los obtenidos, por ejemplo, por la España y los Estados romanos, en 
donde ha dominado la enseñanza dogmática, confiada al sacerdocio, y 
véase cuáles son más satisfactorios, y cuáles acusan la aplicación de un 
principio más exacto y más conveniente a la vez. 

Pero, ¿de las consideraciones precedentes se deduce acaso que sos¬ 
tengamos nosotros la necesidad de no enseñar religión alguna? 

No; seguramente no. Con formas más o menos materiales, más o 
menos concretas, más o menos vagas, el sentimiento religioso vivirá 
siempre en el hombre, y el misterio de lo desconocido solicitará activa¬ 
mente los impulsos del alma humana. Pero la enseñanza religiosa debe 
dejarse a la familia y al sacerdocio. 

La escuela ti?ne por fin desarrollar las fuerzas, físicas, morales e 
intelectuales del niño, dándole conocimientos útiles, desarrollando su 
inteligencia, preparándolo para la práctica de todas las virtudes y el 
cumplimiento de todos los deberes sociales. La Iglesia, soberana en su 
esfera, se reserva la transmisión de las verdades reveladas que constitu¬ 
yen el dogma. De ese modo se armonizan las exigencias del individuo, 
como ser laico, y las de la sociedad; y las exigencias del individuo, 
como ser religioso, y las de la Iglesia. 

Así, parécenos que una de las mejores soluciones dadas en la prác¬ 
tica a esta cuestión, se encuentra en el artículo 21 del primer proyecto 
de ley presentado a las Cámaras Holandesas en 1855-56. He aquí el 
texto de ese artículo: "La instrucción debe servir para desarrollar los 
sentimientos morales y religiosos. 

"Los instructores se abstendrán de enseñar, de hacer o de permitir 
todo lo que pueda herir las creencias religiosas de las comuniones a 
las cuales pertenezcan los niños que frecuenten la escuela. 

"La enseñanza de la religión es abandonada a las diversas confe¬ 
siones. A este efecto, los locales de escuela estarán a la disposición 
de los discípulos fuera de las horas de clase”. 

"Así, al instructor laico el cuidado de desarrollar la moralidad, 
los principios religiosos comunes a todas las creencias, los sentimientos 
de tolerancia y de caridad. 


1 E. I.?.ve!eye. 

3 C. iíippeiiu. — Instruction Publique en AHemagne. 


330 






"A los ministros del culto, la enseñanza de las verdades reveladas, 
enseñanza en la que el Estado no tiene nada que ver, y que no está 
inscrita entre las materias obligatorias. 

"Respeto a todos los cultos en el seno de la escuela*’. 1 


CAPITULO XII 

LA EDUCACION CLASICA 

En muchos pueblos europeos, y aun en alguna parte de los Esta¬ 
dos Unidos, la instrucción clásica forma la base de la educación supe¬ 
rior y absorbe los mejores años de la juventud. Conviene observar con 
alguna detención la importancia y atención que debe darse a ese género 
de estudios, y averiguar si ellos deben formar parte del programa de 
las escuelas superiores o si deben dejarse para las escuelas especiales y 
las universidades. 

El estudio y conocimiento del idioma, la gramática y la historia 
y literatura antigua, de latinos y griegos, es lo que forma, principal¬ 
mente, la instrucción clásica, con su complemento de filosofía especu¬ 
lativa y de lógica aristotélica. No hay por qué condenar absolutamente 
este género de estudios. Todo conocimiento es valioso: nada hay que 
no valga la pena de saberse; pero la cuestión es de importancia relativa; 
no es el caso de censurar o alabar este o aquel ramo del saber, sino 
eí de pesar toda la variedad de conocimientos, que puede adquirir la 
mente, y resolver a cuáles debe darse la preferencia. He ahí el proble¬ 
ma con todas sus enormes dificultades. 

Los ingleses, que con una parre de la Alemania, son, acaso, los que 
han llevado más adelante los estudios clásicos, han hecho de éstos la 
base de la educación que recibe la clase acomodada de Inglaterra. Por 
su naturaleza, y por el tiempo que demandan, ellos no pueden con¬ 
venir para formar el programa de la educación superior en los pueblos 
democráticos, ya que la aspiración y el anhelo constante debe ser que 
esa educación superior alcance a todos los miembros de la comunidad 
y les sea útil. Pero veamos cuáles son los resultados que de la educa¬ 
ción clásica se obtienen. 

Mr. Robert Lowe, en un discurso pronunciado en el Instituto filo¬ 
sófico de Edimburgo y reproducido en el periódico Ambas Américas, 
que se publicaba en Nueva York, bajo la dirección del señor Sarmiento, 
— Mr. Lowe, hablando de lo que un inglés educado podría ignorar, dice: 
"Probablemente no sabrá nada de la anatomía de su cuerpo; no tendrá 
la más ligera idea de la diferencia que hay entre sus venas y sus arte¬ 
rias, o de si el bazo está colocado al lado derecho o al izquierdo; no 
conocerá las verdades más sencillas de la física; no podrá explicar lo 
qué es un barómetro o un termómetro; nada sabrá de las leyes más 
sencillas de la vida animal o vegetal; podrá ser que no conozca la arit¬ 
mética y así permanecerá toda su vida. Su letra es execrable. . . No le 
importa conocer la historia moderna o el origen de las actuales formas 
de gobierno de la Europa: no le hace falta saber nada de la Edad 
Media, y eso que se ha hecho materia de sumo interés, porque, como 
sabemos, uno de los más grandes cismas de la Iglesia de Inglaterra, 
ha provenido de que la gente forma las más exageradas y absurdas 
ideas acerca de la deliciosa perfección de todas las cosas en ese horrible 
período, el medio de los siglos de ignorancia, y esto se debe a una 
supina ignorancia de lo que debiera saberse: y en efecto, muchos han 
llegado a persuadirse de que lo mejor que hacer pudiera la sociedad 
moderna, con todos sus recursos y adelantos, sería retroceder con paso 
acelerado al estado de cosas que existía cuando se emprendió la Primera 
Cruzada. Otra cosa hay que es muy dolorosa — la completa ignorancia 
de las antigüedades y leyes patrias. Un inglés educado conoce las anti¬ 
güedades y leyes de Grecia y Roma; pero de las de Inglaterra, que en 


E Lire-Ierc. 









ujiiimimiiiiiifiii¿iiiii.irtiÍTF5ipSH 


canta relación están con nuestra libertad y nuestros asuntos de ayer, 
no sabe nada absolutamente. En cuanto a lenguas modernas se está 
haciendo un débil esfuerzo para enseñarlas, pero no es nada efectivo 
y, si es cierto que al idioma inglés ha de darse preferencia entre las 
lenguas modernas, también lo es que éstas han de preferirse a las anti¬ 
guas. Yo me he encontrado en el extranjero con media docena de 
individuos de Oxford, ninguno de los cuales podía hablar una palabra 
del francés o del alemán para hacernos servir lo que queríamos; y, si 
el sirviente no hubiese sido mejor educado que nosotros, y no hubiese 
conocido más idioma que el suyo, bien podíamos haber muerto de 
hambre. Así pues, creo que se convendrá conmigo, en que, como decía 
el doctor Johnson hablando de las provisiones de la Venta de la Mon¬ 
taña, "el catálogo negativo es muy copioso". De consiguiente, resumo 
lo que tengo que decir sobre este punto en esta observación: que nues¬ 
tra educación no nos comunica los medios de adquirir conocimientos, 
ni tampoco los de transmitir éstos. . . Acabo de hablar de la historia 
y lenguas modernas; pero, ¿qué es todo ello comparado al infinito 
campo que la Naturaleza nos ofrece, al mundo nuevo que nos presenta 
la Química, ese mundo viejo al que la Geología ha dado vida, la 
asombrosa generalización respecto a las plantas y animales, y a todos 
esos estudios y especulaciones que son la gloria y las prerrogativas y 
la sangre vital del tiempo en que vivimos, y de todo lo cual la juventud, 
casi en su totalidad, no sabe nada? No es mucho decir que en estos 
días el hombre, en realidad bien educado, ha empezado su educación 
generalmente después que ésta se ha considerado terminada, después de 
haberse hecho todo lo que el contraído sistema actual hacer pudiera. 
Tiene que empezar a educarse de nuevo, con la conciencia de que ha 
malbaratado los más preciosos años de su vida, a trueque de adquisi¬ 
ciones inútiles e infructuosas, no desagradables en sí, pero que no fue¬ 
ron sino la senda torcida, ni son sino los ribetes y aliños de la sólida 
instrucción que constituye el caudal de un gentleman, de un hombre 
bien educado. ¿Y cómo es que con una historia como la nuestra, con 
una literatura como la nuestra, como la que la Europa moderna abre a 
nuestros ojos, habríamos de volver la cara a este espléndido banquete, 
contentándonos con roer la corteza, seca y mohosa, de una lengua y 
una civilización que hace más de dos mil años que pasó? Este fenó¬ 
meno se explica fácilmente: cuando se dotaron nuestras grandes escue¬ 
las y universidades en su mayor parte, no existía realmente la literatura 
inglesa: la historia moderna no había comenzado: la Edad Media se 
encontraba solo en los reducidos anales de monásticos cronistas: la 
ciencia física no existía absolutamente y nada había a qué dirigir la 
inteligencia, excepto el estudio del griego, el latín, la retórica y lógica 
aristotélicas". 

jQué es esto, observa Mr. Alkinson, sino el resultado de ignorar 
la ciencia moderna, apegándose a la Edad Media? 

Los que, aún en medio de los adelantos del siglo actual, se em¬ 
peñan en conservar un lugar preferente a los estudios clásicos, lo hacen 
fundándose principalmente en dos razones: primero la necesidad de 
combatir las tendencias utilitarias de la ciencia moderna, y segundo, con¬ 
siderando los estudios clásicos como una gimnástica para el desarrollo 
de la inteligencia. 

¿Pero no hay un error profundo en considerar la ciencia moderna 
como un mero conocimiento utilitario, como un hacinamiento de ma¬ 
terias sin método ni filosofía? ¿Los estudios científicos, filosófica y 
metódicamente seguidos, no ofrecen a la inteligencia una gimnasia tan 
eficaz como la que puede encontrarse en el fatigoso y estéril estudio 
de una gramática latina? 

El estudio de la ciencia moderna, en todos sus variados ramos, 
ofrece al hombre .conocimientos de que necesita a cada paso, en las 
acciones de la vida diaria: en tanto que los estudios clásicos sólo sirven 
para hacernos conocer lenguas y sociedades muertas, llenando los ocios 
de la aristocracia en los países monárquicos. Y no es cosa sencilla, ni 
que demande poco tiempo, la adquisición de los conocimientos clásicos. 
La lengua, dice Lowe, es una cosa, la gramática es otra, y yo convengo 
con el crítico alemán Heine en que "muy afortunados fueron los roma- 


332 







nos en no tener que aprender la gramática latina, porque si la hubieran 
estudiado, no habrían tenido tiempo de conquistar el mundo”. 

Por otra parte, no es sólo inútil para la generalidad de los hom¬ 
bres la adquisición de los conocimientos clásicos, es que suele también 
ser perjudicial. En los estudios clásicos se dedica atención preferente 
y largo tiempo a la historia antigua, sin que esto se haga comparán¬ 
dola con la historia de los tiempos modernos. De ahí resulta la adqui¬ 
sición de ideas y principios falsos, que servían de base a la sociedad 
antigua, y el desconocimiento de aquellos que son sólido cimiento de 
la sociedad moderna. "La historia antigua, observa el mismo escritor a 
quien acabamos de citar, no tiene más que dos fases: la una es la mo¬ 
narquía, la otra es la municipalidad. La existencia de una comunidad, 
en virtud del principio de representación de un gobierno popular, que 
se extendiera más allá de los límites de una población, son nociones 
que jamás entraron en la mente de los antiguos; y he aquí que nues¬ 
tros años más floridos se pasan en el estudio de una historia en la cual 
se desconoce, absolutamente, aquello que establece la diferencia entre la 
historia moderna y la antigua, los puntos característicos de nuestra socie¬ 
dad: el principio de la representación, que ha hecho posible conciliar 
la existencia de una vasta nación con la de la libertad. 

"La necesidad compelió a la fundación del Imperio romano, por¬ 
que cuando Roma se hizo demasiado grande para ser municipalidad, 
los antiguos no conocían otro recurso que el de colocar un César, un 
tirano, sobre todo el cuerpo sociaL La idea de enviar representantes a 
Roma, para deliberar acerca del bienestar general del Imperio, fue cosa 
que jamás les ocurrió: fue un descubrimiento en muchos siglos poste¬ 
rior: y a esas historias, sin embargo, de que carecen de lo más esencial 
de la historia moderna, dedicamos los mejores años de nuestra vida. 
Yo no digo que el tiempo se malgaste, pero es triste la reflexión de que 
ese estudio no vaya asociado, sino que sustituya al de la historia moderna. 

"Si un hombre posee un cabal conocimiento de la historia moderna 
y de la Edad Media, le es de mucho valimiento, a no dudarlo, el cono¬ 
cimiento de aquellas comunidades antiguas, para que pueda comparar 
unas con otras; pero si no conoce la historia moderna, ¿de qué le sirven 
las otras? No tiene términos de comparación, y el estudio es entonces 
inútil e infructuoso. Ese antiguo estado de cosas ha pasado, entera¬ 
mente; pereció, para jamás volver, con la caída del Imperio Romano, 
y un nuevo modo de ser brotó de aquellas ruinas: el sistema feudal 
y las formas de gobierno de la Edad Media, que han producido el 
estado actual de la Europa. Nada de eso se enseña a nuestra juventud, 
nunca se le pone de frente la cuestión, antes se fija y limita su aten¬ 
ción a las disensiones, guerras e intrigas de repúblicas pequeñas, cuyos 
habitantes, los de todas ellas juntas, casi no eran tantos como los que 
cuenta Londres. Hay, además, otra enorme falta en dirigir la mente 
de la juventud, exclusivamente a la antigüedad, y es que el modo de 
concebir la sabiduría que tenían los antiguos, carece completamente 
de lo que forma nuestra concepción. No creo que nadie, en el estudio 
de la antigüedad, tropezará con lo que hoy está en los labios de todo 
el mundo, la idea del progreso. Era la noción de los antiguos, a ese 
respecto, que la sabiduría tenía un grado fijo, a donde había de llegar, 
y que no podía pasarse de él por más que se pusiese empeño. Si un 
hombre quería procurarse conocimientos, no se sentaba a interrogar la 
Naturaleza, ni a estudiar sus fenómenos, ni a analizar e inquirir, sino 
que, a la carrera, se ponía en camino para Egipto o Persia, u otra 
parte más distante, esperando encontrar algún sabio que colmase sus 
deseos. Así sucedió con Tales, el mismo Platón, y todos los grandes 
hombres de la antigüedad. Ahora bien: no es pequeño el defecto de 
un sistema de educación que aparta de la juventud la idea que es hoy 
la clave de la sociedad moderna, esto es, la de no considerar las cosas 
como estacionarias, sino que la humanidad ha estado en continuo movi¬ 
miento siempre, avanzando de mal en peor, o viceversa, según sea el 
caso. Y esta concepción del progreso, de un cambio y desarrollo ince¬ 
santes, aunque no podamos señalarlos día por día, no se halla consig¬ 
nada en las páginas del mundo antiguo; y no juzgo demasiado pedir 
el que, entre otras, se inculque esta idea a la juventud, antes de em- 

..a.■ 333 













prender el estudio del estado de una sociedad en que jamás tal idea 
penetrara. No me detendré a criticar la moral y metafísica de los anti¬ 
guos; supongo que ellos sabían de la ciencia del entendimiento tanto 
como nosotros, ni mucho más ni mucho menos; y, sin ser irrespetuoso, 
diré que entre ellos (me abstengo de decir entre nosotros), no había 
dos que fuesen de una misma opinión. Se nos hace conocer demasiado 
la antigüedad, se nos exige que sepamos cuántos Arcontes había en 
Atenas, aunque probablemente no sabemos cuántos Lores, Cancilleres 
hay en Londres. El discípulo debe conocer todos aquellos tribunales, 
aunque casi no sepa los nombres de los suyos; debe hacerse cargo de 
las leyes e instituciones de los antiguos, cosas esas excesivamente re¬ 
pulsivas al gusto juvenil, y que sólo sirven para ser comparadas con 
nuestras instituciones, respecto a las cuales se encuentra en la más 
perfecta ignorancia”. 

Los graves defectos que observa el señor Lowe, con respecto a 
la enseñanza clásica en Inglaterra, son igualmente aplicables a los 
mismos estudios seguidos en otros países; aun entre nosotros, siempre 
que se trata de la instrucción superior, se sienten los resabios del 
clasicismo que ha dominado hasta no hace mucho, omnipotente, el 
pensamiento educacionista del mundo. 

Ya hoy, sin embargo, se opera en todas partes una revolución a 
ese respecto: a medida que la democracia se extiende y que la educación 
se democratiza, empieza a reconocerse la necesidad de hacer que la 
instrucción superior esté al alcance de todos, preocupándose, principal¬ 
mente, de transmitir conocimientos e informes útiles, que formen y 
preparen el hombre y el ciudadano, dejando a las escuelas especiales el 
trabajo de profundizar estudios determinados, para formar los literatos 
y los agricultores, los filólogos y los mecánicos. 

En Alemania, en Estados Unidos, en Francia, en Inglaterra, en 
todas partes, los hombres más eminentes se preocupan de reformar ei 
programa de los estudios superiores. En Alemania y en Estados Unidos, 
se han introducido ya bastantes reformas, asignando a las ciencias físi¬ 
cas y a los conocimientos generales, el lugar que les corresponde en 
los estudios superiores, y restringiendo la extensión y la importancia 
de los estudios clásicos. 

"Si queréis, dicen los alemanes, según Mr. Baudoin, 1 dar por 
base a la enseñanza de humanidades una lengua fundada en un sis¬ 
tema gramatical, simple, concreto y sintético, escoged las lenguas mo¬ 
dernas que reúnen ese triple carácter, y cuyo conocimiento se hace, 
de día en día, más necesario, a medida que las relaciones internacio¬ 
nales se multiplican y se extienden. Ellas ofrecen al espíritu de los 
niños dificultades bastante serias para poderle servir de gimnástica 
intelectual y encierran también magníficos modelos de composición de 
todo género, de los que pueden extraerse, para adornar la memoria, 
máximas tan elevadas y, por lo menos, tan puras como las que se 
encuentran en los autores antiguos. 

"Que los cursos de lenguas antiguas sean conservados en los 
Gimnasios y en los Seminarios; que los jóvenes destinados a las carre¬ 
ras liberales, al foro, a la medicina, al sacerdocio, estudien el latín y 
el griego, esto es indispensable y lógico, puesto que los unos deben 
buscar el origen, y en consecuencia el verdadero sentido de las leyes 
en los fragmentos, más o menos cicerónicos, del Digesto; que los otros 
emplean siempre fórmulas latinas y las etimologías griegas para ocultar 
su ciencia y el secreto de las preparaciones farmacéuticas; que el clero, 
en fin, debe celebrar los oficios en latín y estudiar sin cesar la doctrina 
católica en los padres de la Iglesia. Nadie, en Alemania, ha pensado 
jamás, ni nadie piensa, en suprimir el culto de las bellas letras; eso 
sería arrancar a la patria su diadema. Pero, ¿por qué forzar a los que 
tienen la felicidad de poder hacer algunos estudios, a consagrar ocho 
o diez de sus mejores años, en torturarse la memoria para aprender 
lenguas que no se hablan ya y que no pueden serles de ninguna utili¬ 
dad práctica? ¿Por qué obligarles a gastar su inteligencia y su tiempo, 
del que cada partícula es tan preciosa, en ocupaciones ingratas, sin pers¬ 
pectivas de porvenir, y que sólo pueden inspirarles disgustos por el 


1 Universal Education. 


334 ffl» 











trabajo y las letras? Dejemos a los que tienen el gusto de hacerlo, la 
necesidad, o la desocupación, el cultivo de las lenguas antiguas; es un 
estudio útil y noble que dulcifica las costumbres y hace la gloria de 
los pueblos. Pero demos a aquellos a quienes las exigencias de la vida 
apremian y empujan, un conocimiento completo de la lengua materna, 
y de la de los pueblos con los que mantenemos relaciones más frecuen¬ 
tes, y sobre todo, apresurémonos a desarrollar en ellos, desde temprano, 
el espíritu de observación, esa facultad importante sin la cual pasarían 
al través de la vida como ciegos, sin distiguir ninguna de las maravillas 
con que la Providencia la ha enriquecido. Y, no es el estudio de las 
lenguas y de las sociedades, desaparecidas del movimiento general desde 
hace mil ochocientos años, el que es capaz de hacer nacer esa preciosa 
facultad de la observación: son las ciencias, las ciencias solas, que diri¬ 
gen hacia el mundo físico los pensamientos y las miradas, dando, así, 
a ese deseo un alimento inagotable y poderosos modelos. En efecto, a 
medida que el joven estudia las ciencias matemáticas, físicas, químicas, 
naturales, siente despertarse en sí mismo una curiosidad escrutadora; 
se acostumbra a ver, a formarse ideas propias, a recoger los hechos que 
observa, a someterlos al control de la experiencia, a buscar su encade¬ 
namiento y las leyes a que están sometidos. Bien pronto el espíritu de 
investigación se apodera de su inteligencia, lo lleva a interesarse, más 
y más, en todo lo que lo rodea, en todo lo que pasa a su vista, y cuando 
sale de la RealscbuUn para entrar en la vida activa, no es un extranjero 
arrojado en medio de un mundo desconocido del que jamás hubiese 
oído hablar. Las lenguas modernas, unidas a las ciencias físicas y natu¬ 
rales, he ahí la instrucción que conviene dar a los jóvenes a quienes 
se quiere preparar para las diversas condiciones de la vida real y, al 
mismo tiempo, hacerles alcanzar cierto grado de cultura liberal”. 

El principio dominante en la sociedad moderna es ese sentimiento 
de igualdad, que tiende, cada día más, a no establecer diferencia alguna 
entre las clases sociales, sobre todo respecto a la educación general 
Un sistema de enseñanza pública que abra las puertas a unos y las 
cierre a otros, es, y debe ser, enérgicamente rechazado por ese sen¬ 
timiento. 

Después de haber obtenido un primero e importante triunfo con 
las leyes que proclaman la instrucción obligatoria y gratuita, la igualdad 
no puede admitir un sistema de enseñanza secundaria que organice dos 
órdenes de establecimientos, de los que, unos sólo formarían obreros 
o industriales, mientras que los otros prepararían y producirían los 
magistrados, los altos funcionarios, las personalidades prominentes del 
Estado. A pesar de las pequeñas diferencias de sus programas, ésa es, 
acaso, la diferencia radical que existe en Alemania entre las Realschulen 
y los Gimnasios. Sin embargo, en unos y otros establecimientos, los 
programas se modifican, y el pensamiento qu^ domina es dar satisfacción 
a todas las necesidades de la sociedad moderna, por medio de un sis¬ 
tema de educación general, que abrace a la vez, el elemento literario 
y el elemento científico. Pero esta conciliación de los dos sistemas, no 
ha satisfecho, ni a los que consideran el estudio de las lenguas y la 
literatura antigua como la condición indispensable de toda educación 
superior, ni a los que, considerando como una necesidad urgente la 
reforma de la instrucción secundaria general, piensan que sería nece¬ 
sario abordar resueltamente la cuestión y tener el valor de reducir a su 
más simple expresión el estudio del griego y del latín, para dar al 
estudio del mundo real y al cultivo de las lenguas vivas un tiempo 
mucho más útilmente empleado. 

"Habría, sin embargo, dice Mr. Hippeau, 1 un medio de responder 
a todas las exigencias, de dar satisfacción, a la vez, a los que desean 
no ver descender el nivel de los elevados estudios, que hacen la gloria 
del espíritu humano, y a los que quieren que las generaciones modernas 
no permanezcan extrañas a las conquistas de la ciencia, en el dominio 
de las realidades físicas; a los que, en fin, tienen en igual estimación, 
y juzgan igualmente necesario, lo que he designado, con el estimable 
Clavel, bajo el nombre de estudios antiguos y de estudios modernos . 

1 Rúpport sur Vétat de l’enseignement par M. Baudoin, 1865. Este interesante libro 
ha sido traducido al castellano por el señor don Agustín Ríus, y se ha publicado en 
¿arctiooa en 1866, bajo el título de "La Enseñanza Primaria y Especial en Alemania". 










El problema ha sido resuelto, muy sencilla y naturalmente, por los 
Estados Unidos. Los diversos establecimientos instituidos para la ense¬ 
ñanza primaria y la enseñanza secundaria, han sido concebidos con 
arreglo a un plan general, formando una especie de escala ascendente 
y continua, de la que cada grado, siguiendo al que le precede, conduce 
al que le sigue. En esta escala se coordinan la enseñanza primaria ele¬ 
mental, la enseñanza primaria superior, la enseñanza clásica, la ense¬ 
ñanza de las universidades, las grandes escuelas especiales. 

"No tengo necesidad de entrar en ningún detalle respecto de la 
instrucción primaria elemental y de sus diferentes grados, en los que 
las lecciones sobre objetos ocupan un lugar importante. Los estableci¬ 
mientos de instrucción primaria superior corresponden a las escuelas 
intermedias superiores, a las Realschulen de la Alemania, y a nuestra 
enseñanza secundaria especial. No son, nótese bien, escuelas profesio¬ 
nales. Este nombre, que se da algunas veces impropiamente en Francia 
a escuelas como las de Turgor y Chaptal, por ejemplo, no conviene 
sino a los establecimientos que preparan realmente discípulos, que han 
concluido sus primeros estudios, para tal o cual profesión particular: 
escuelas de comercio, de artes y oficios, de industria, de derecho, de 
medicina, de navegación, de guerra, etc. Se trata, al contrario, en esta 
enseñanza media, de dar una instrucción general, en la que forman la 
base, el idioma nacional y los idiomas extranjeros, la Historia, la Geo¬ 
grafía, las Matemáticas, la Física, la Química, la Historia Natural, todo 
estudiado de la manera más seria. El estudio detenido de la historia 
y las instituciones políticas de los Estados Unidos acaba esta sólida 
educación, que bastaría para dar a la República hombres ilustrados, 
capaces de llenar con inteligencia los deberes que incumben a todos 
los ciudadanos de un Estado libre. Todos los niños de los dos sexos 
pueden participar gratuitamente de todos los grados de esta enseñanza 
primaria, elemental y superior. Están organizados de modo que cada 
uno de ellos forme un conjunto de conocimientos, bastante para aquellos 
discípulos que quieran contentarse con ellos o se encuentren en la 
imposibilidad de llevar más adelante sus estudios. Los que, después de 
haber llegado a la edad de quince o dieciséis años salen de la escuela 
superior, no se encuentran, absolutamente, en el caso en que estarían 
los discípulos de nuestros Liceos que abandonasen sus estudios clásicos 
después de haber cursado el cuarto o el tercer año. Se sabe que la 
enseñanza clásica está organizada de tal modo que es indispensable 
continuarla hasta el fin, bajo pena de no saber nada definitivo y com¬ 
pleto. Es en seguida de la enseñanza recibida en la escuela superior, 
que empieza, en Estados Unidos, la enseñanza clásica, propiamente 
dicha, en la que el estudio de las lenguas y la literatura antiguas ocupa 
el primer lugar. Los progresos de los discípulos, que han recibido ya 
una dilatada instrucción, son rápidos. Su número se disminuye con 
el de todos los que han tomada otras direcciones. 

"El colegio no se puebla, pues, sino con una juventud bien pre¬ 
parada, que no entra en él sino con el deseo bien pronunciado de 
seguir los cursos y en una edad en que fcuede aprovecharlos bien. 
En fin, después de tres o cuatro años (de 15 a 18 ó 19 años) de 
estudios científicos y literarios, seriamente "seguidos, los discípulos pue¬ 
den hacerse inscribir en los cursos de las facultades de Derecho o de 
Medicina, o entrar en las numerosas escuelas especiales o profesionales, 
que los Estados Unidos han establecido para la agricultura, la industria, 
las minas, el comercio, etc 

"Tal es, en general, y desligado de los detalles que harían com¬ 
prender mejor su importancia, el sistema general de la enseñanza pú¬ 
blica en los Estados Unidos". 

Y tal es, agregaremos nosotros, el que debiera adoptarse en la 
República Oriental. 


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Democratismo, obligatoriedad, gratuidad, laicidad:, 
cuatro puntales del ideario de la educación po¬ 
pular, aún no suficientemente valorado, pero al 
cual debemos lo mejor de nosotros mismos. 


ENCICLOPEDIA 



URUGUAYA 


Copyright Editorial ARCA S. R. L., Colonia 1263, Montevideo. 
Impreso en Uruguay en Impresora Uruguaya Colombino S. A., 
Juncal 1511, Montevideo. Diseño, Artegraf. Edición amparada 
en el Ar*. 79 de la ley N9 13.349. (Comisión del Papel). 
Diciembre de 1968.